El Unimarc de Vicuña

Vicuña es una ciudad con cara de pueblo (o pueblo con cara de ciudad) de 26 mil habitantes que marca el inicio del valle de Elqui. Como sucede en tantas ciudades (o pueblos) de Chile, en su Plaza de Armas se congregan los más importantes edificios locales: la iglesia, la municipalidad, la curiosa Torre Bauer (símbolo del lugar), el teatro municipal, y un Unimarc. Éste último no tiene tanta historia como las construcciones que le acompañan, pero en sólo un par de años se las ha arreglado para darles dura pelea en la tarea de desplazarlos del sitial de honor correspondiente a la institución más importante de la ciudad. La foto de su fachada, convenientemente coronada con unas tejitas de PVC, ya aparece en calidad de atractivo turístico en Wikipedia.

Habrá que decir que el local tiene poco que envidiar a sus símiles de ciudades más grandes. En sus limpios pasillos la oferta es tremendamente variada. La carne, fruta y verdura lucen frescas; en sus góndolas hay cerveza importada, un amplio surtido de vinos y licores, y un montón de productos que antes en Vicuña sólo se conocían en fotos. La modernidad total, al lado se instaló una farmacia de cadena grande, de esas que les gusta coludirse para subir los precios de los medicamentos. No falta nada: Vicuña entra de lleno en las grandes ligas del comercio nacional.

Los defensores del modelo dirán que con esto gana el consumidor, que hoy ve ampliada la oferta y a precios más bajos. Dirán que la llegada de un supermercado además genera muchos empleos. Dirán además que es el mejor aliciente para que el comercio local mejore su servicio y baje los precios, que cuando la oferta compite todos ganan. Al parecer los antiguos locatarios no se han percatado del mensaje: sus tiendas lucen vacías, a veces sucias. La mercadería que ofrecen no se ve muy atractiva, y en el interior hay mucho más moscas que clientes. Los pocos que cruzan el umbral de la puerta al parecer lo hacen más por costumbre que por conveniencia. Las caras de la gente detrás de los mostradores no son las de alguien entusiasmado con la competencia, sino más bien todo lo contrario. ¿Por qué habría que proteger a estos resabios del pasado? Por varias razones.

En primer lugar, porque el conjunto del comercio local emplea mucha más gente que el supermercado; divida todos los productos que éste último ofrece entre pequeños minoristas y se dará cuenta que el mercado laboral resultante será bastante mayor. Porque el trato que el comercio local ofrece a sus proveedores es mucho más justo que las leoninas condiciones impuestas por los supermercadistas, acostumbrados al pago a 120 días y a todo tipo de abusos cometidos contra quienes abastecen sus góndolas. Porque el comercio local establece una relación con el cliente que va mucho más allá del intercambio de mercadería por dinero: genera lazos de confianza entre vendedor y comprador que se prolongan en el tiempo. Porque esta dimensión humana del comercio enriquece a las comunidades. Porque sus pequeñas fachadas vidriadas dan mucho más vida a las calles que los opacos muros de un supermercado. Porque no matan el espacio público con grandes estacionamientos. Porque privilegian la compra a pie. Porque fomentan los modales del buenos días, del por favor, del saludar por el nombre, ausente en las grandes casas comerciales.

No es que esté contra los supermercados. Sí contra su construcción en zonas céntricas, donde matan la vida de la calle, donde generan congestión vehicular, donde establecen términos de competencia imposibles de abordar por los más pequeños. Por eso muchas ciudades conscientes de su patrimonio urbano y social limitan su aparición, acotándola a las periferias y en condiciones que no afecten en demasía a los minoristas. Finalmente, la planificación urbana en gran medida de eso se trata.

A la inauguración del supermercado de Vicuña asistieron las más altas autoridades civiles, militares y eclesiásticas de la región (el lenguaje del pinochetismo no desaparece tan fácilmente). El cierre de los locales vecinos sólo será presenciado por sus atribulados dueños y uno que otro cliente fiel. Desaparecerán la carnicería, la verdulería, la botillería, en una de esas la ferretería y la tienda de ropa, pero a pocos le importará. Podremos comprar más y mejor, pero una parte importante de nuestra manera de relacionarnos como ciudadanos se habrá marchado para siempre. Y es que preferir el comercio local es antes que nada una actitud de supervivencia colectiva.

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