Las reglas de la densidad

La densificación de las ciudades se convirtió en panacea. No hay documento oficial que no hable de la creación de ciudades compactas como LA vía para enfrentar los grandes desafíos urbanos contemporáneos. En urbes de gran tamaño no es opción: las largas distancias y el alto costo del suelo obligan a la maximización del uso de cada metro cuadrado. Mantener las economías de aglomeración propias de las grandes metrópolis requiere disminuir distancias  y tiempos de traslado, algo que se logra cuando las distintas actividades están más cerca una de la otra. Las ciudades compactas generalmente son más eficientes de administrar y mantener, su consumo energético tiende a ser menor, lo mismo que sus emisiones de gases contaminantes y de efecto invernadero.

Sin embargo, la alta densidad no es buena per se. Mal manejada puede traducirse en hacinamiento y promiscuidad, en deterioro del paisaje y congestión vehicular. Vivir en la densidad exige determinadas reglas de convivencia entre los edificios y entre estos y el entorno en que se insertan. La historia es rica al respecto. La construcción sin ningún tipo de regulación de los primeros rascacielos en Nueva York, como el Equitable (1915) y el Woolworth (1916) -en gran medida simples extrusiones de la manzana- produjo zonas permanentes de sombra que generaron el deterioro inmediato de las edificaciones que les rodeaban. Ello obligó a la ciudad a establecer un sistema normativo para la densidad, que dejaría de entenderse como un crecer indiscriminado en la vertical. Primero aparecerían líneas de rasante, retranqueos y conos de edificación orientados a garantizar minutos de sol a las propiedades vecinas. Luego se regularía el estacionamiento, restringiendo el número de cajones para así desincentivar la llegada a los nuevas moles en automóvil particular. En la gran manzana la alta densidad urbana no se entendería disociada de las redes de transporte público, única manera de alimentar grandes concentraciones de vivienda, comercio y servicio en áreas reducidas (The Shard de Londres, el recientemente inaugurado edificio de Renzo Piano que el más alto de Europa, ofrece sólo 48 cajones de estacionamiento a los 12 mil ocupantes de sus 87 pisos).

Nuestras grandes ciudades necesitan densificarse, pero ello debe hacerse de una manera planeada, en que las mayores concentraciones de actividades no signifiquen el colapso del entorno ni la degradación de las edificaciones vecinas. Poco de eso ha ocurrido. “Fuck the context” dicen que alguna vez dijo Rem Koolhaas. Su anteproyecto para la Torre Bicentenario, un ataúd vertical que llevaría a la muerte el tejido de Lomas de Chapultepec, da verosimilitud a la leyenda. Afortunadamente la idea quedó en el papel.

La historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Le llegaría el turno a César Pelli, Richard Meier (al parecer el Pritzker da derecho a todo) y otros destacados despachos de arquitectura para armar su propia vía a la densificación urbana, esta vez en el muy tradicional y horizontal pueblo de Xoco, al sur de la ciudad. La publicidad aguanta todo: bajo el concepto La Ciudad Viva, en su página web el proyecto Mítikah (vaya nombre) es presentado como “un solo espacio (que) integra modernidad de vivienda, comercio, oficinas, servicios y áreas verdes, favoreciendo la sustentabilidad, calidad de vida de sus habitantes y la convivencia con el entorno, del cual resalta su arraigo a la tradición y la cultura.” La realidad es algo distinta: en la práctica el proyecto se desenvuelve con la delicadeza de un elefante dentro de la frágil cristalería del pueblo de Xoco. La publicidad habla de tradición y cultura, pero los volúmenes –el mayor de 60 pisos- se insertan sin establecer el más mínimo diálogo con el entorno (más bien es un monólogo planteado en los términos exclusivos del megaproyecto). Habla de sustentabilidad, pero en vez de promover el uso del transporte público, la caminata y la bicicleta, se da el gusto de aportar 10 mil estacionamientos (verdadero imán de automóviles) a un sector que ya sufre los estragos de la congestión vehicular. Mítikah se plantea como la nueva ciudad, pero es una ciudad que reniega de una existente que pareciera dar vergüenza.

Toneladas de cartón; maqueta de Torre Mítikah Imagen: Tanya Jiménez

Toneladas de cartón; maqueta de Torre Mítikah Imagen: Tanya Jiménez

En una celebrada columna, el poeta chileno Cristián Warnken recurrió al gigante egoísta de Oscar Wilde para referirse a esta particular manera de concebir la arquitectura y la ciudad:

“El empresario que “sueña” una torre o un mall de manera narcisista y egoísta, el arquitecto que proyecta la obra sabiendo en el fondo de su alma que se trata de un horror, los alcaldes que hacen vista gorda de los efectos de estas “intervenciones”, el funcionario que firma el permiso de construcción respectivo, el ministro que reacciona tarde, el parlamentario que no fiscaliza a tiempo, cada uno de ellos, en su esfera de acción propia, es responsable de sus actos y omisiones. No es cierto que porque la legislación lo permita, yo pueda desde destruir un entorno patrimonial hasta producir un colapso vial que arruinará la calidad de vida de miles de mis compatriotas, y sentir que lo que hago no es éticamente reprobable porque está legalmente permitido.”[1]

La voracidad de los promotores inmobiliarios, la miopía de las autoridades, y la permisividad ciudadana le han dejado el camino libre a gigantes egoístas que no entienden que densificar es mucho más que construir muchos pisos uno encima del otro. Aforrunadamente no todo está perdido: los gigantes también pueden ser generosos. La multiplicación del suelo en la vertical ofrece la extraordinaria oportunidad no sólo de crear nuevas ciudades en la altura, sino de mejorar la existente a nivel de calle. Imaginar y planear la manera en que construimos la densidad aparece como el gran desafío urbano de los años venideros.

*Publicado en la edición N°64 de Arquine

[1] Cristián Warnken, “Los Gigantes Egoístas”. Publicado en El Mercurio, 15 de marzo de 2012

4 Comentarios en Las reglas de la densidad

  1. Otro imán como el corp, de bancomer de 3 mil y tantos

  2. Susana Kanahuati // 19 agosto 2013 en 9:57 pm // Responder

    Lo que añadiría es que para construir estas torres no fue consultado el “Atlas de Riesgo”

  3. Yo soy de Guadalajara, Jalisco, México, la política de vivienda actual va enfocada a la densificación y verticalización de las ciudades (entre otros puntos, aclaro). No he leído un documento donde se explique claramente la manera de planificar este “nuevo” modelo de Ciudad… Esperemos y que esta política venga acompañada de buenas practicas que afronten de una manera eficiente las necesidad real de desarrollar ciudades!!!…

  4. Densificar la ciudad puede ser bueno, pero tambien es relativo al actual contexto. En zona donde prevalecen usos de vivienda unifamiliar, autorizar 2 unidades por predio duplca la densidad, sin destruir el entorno. Lo verdaderamente importante para la vida de la ciudad es la diversidad rica y mezclada de usos, tanto a nivel de aceras como en plantas altas y un incremento en la densidad bastante para soportar un buen sistema de transporte publico masivo que promueva el DOT, y complementar esto con acciones tendientes a encarecer la movilidad en auto, reduciendo carriles, cobrando el estacionamiento en calle, limitando espacios de estacionamiento en edificios y comercios, cobrandole impuesto a cada espacio adicional, limitando los accesos al predio para automoviles, para evitar plantas bajas esteriles sin atractivo para el peaton.
    Aumentar la densidad en predios especificos, solo contribuye a generar caos y destruccion del tejido urbano y social en su derredor.

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