La ciudad de los honestos, la ciudad de los presuntos culpables

Uno

El microbús va lleno, y la petición del conductor de váyanse corriendo por el pasillo por favor ya no surte efecto. Eso no es obstáculo para seguir subiendo pasajeros, que para eso está el recurso de abrir la puerta trasera, donde siempre habrá espacio para admitir a unos cuantos. El pago no es problema. De mano en mano comienza a circular un billete de 20 pesos con la instrucción de pagar un par de viajes hasta Metro Zapata. El billete sorprendentemente llega a manos del conductor. De mano en mano llegan los 10 pesos de cambio a los pasajeros colgando. La gran mayoría de los protagonistas de la historia son gente modesta, para quienes 20 pesos sí son dinero. A nadie se le ocurre desviar el billete de su camino. El conductor abre la puerta trasera porque sabe que le van a pagar el viaje. Los pasajeros envían el billete porque saben que sus bolsillos tarde o temprano recibirán el cambio exacto.

Dos

Llego de noche a mi casa. Ante la escasez de comida en el refrigerador paso al Rey del Taco que está en la esquina. Ordeno tres exquisitos tacos de suadero, especialidad del local. Remato con dos de pastor, no tan buenos, que hay que pedirlos directamente al maestro a cargo del trompo, que no es el mismo de los de suadero. Nadie lleva la cuenta de cuánto he comido. Al llegar a la caja podría declarar menos de lo que realmente engullí y pasaría absolutamente desapercibido. Sin embargo no lo hago, entre otras cosas porque nadie lo hace. La honestidad de los comensales –en un país eternamente mal situado en los ránkings de corrupción- es total. Lo mismo pasa en los tacos de canasta que quedan en la esquina de mi oficina, con un volumen de ventas mucho mayor pero con un sistema de cobro similar, basado en la confianza en la palabra de las personas (los únicos que no pagan son los policías). Podrían implementar algunos mecanismos de control, pero seguramente su costo sería mayor que el de los actuales beneficios. Me gusta el sistema, siento que me trata con dignidad, y yo respondo a ese trato.

Tres

Me dirijo a un taller a desarrollar en las oficinas de una banca de desarrollo situadas en un edificio en Reforma. En el acceso me espera una escena conocida: mesón de registro, torniquetes, guardias con ganas de justificar su presencia. La señorita del mesón me solicita un nombre de contacto en las oficinas de la banca de desarrollo; le respondo que no lo tengo, que la invitación le llegó a la directora del lugar donde trabajo, y que ella me designó para asistir. Le enseño un correo, pero no me cree. Debo demostrar mi inocencia, al igual que la gente que se empieza a juntar detrás de mí en la fila. Entre llamadas y mensajes de whatsapp me toma 10 minutos conseguir el nombre que será mi pasaporte al taller. Finalmente me dejan acceder, no sin antes dejar un documento que certifique que yo soy yo, y sacarme una foto que demuestre que la foto del documento de identidad coincide con el rostro de quien ingresa (se prohíben anteojos y sombreros). Lo barato de la mano de obra en México facilita la multiplicación de los puntos de control: hay una señorita para registrar la información de los visitantes y recibir los documentos de identidad de los mismos, otra para sacar la foto, entregar los gafetes de entrada y dar las indicaciones de cómo usarlos, y otra para recibir los mismos gafetes a la salida y devolver los documentos de identificación. Un guardia revisa el contenido de bolsos y maletines (se muere de ganas de tener una máquina de rayos X), otro está a cargo del libro donde se registran los computadores y de verificar que la información vertida en éste sea fidedigna, mientras que un tercero –el más aburrido de todos-vigila el correcto uso de los torniquetes. En las oficinas de una conocida hipotecaria hay un guardia encargado de hacernos levantar las manos mientras pasa por nuestro cuerpo el detector de metales. El trato es más el de un sospechoso que el de una visita.

El trámite puede durar unos cinco minutos, que multiplicados por los cientos de visitantes diarios da una fortuna en tiempo perdido sólo en demostrar la inocencia personal para acceder a un edificio. Mañana se necesitará un abogado. Para matar el tiempo empiezo a calcular el costo en productividad que esto significa para la economía nacional, pero rápidamente los números me abruman. A nadie parece importarle.

Tres escenas para un mismo país. El mensaje es más o menos claro: al parecer los tipos verdaderamente peligrosos no están en la calle, sino al interior de los edificios de oficinas.

2 Comentarios en La ciudad de los honestos, la ciudad de los presuntos culpables

  1. Roberto Muñoz Cruz // 15 febrero 2014 en 9:30 pm // Responder

    Muy pero muy bueno

  2. Javier Diaz de la Vega // 26 febrero 2014 en 9:23 pm // Responder

    El pudor etico parece ser inverso a la ” importancia ” de la apariencia social.

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