Una historia de abandono, apropiación y despilfarro

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El carril de la derecha es una ciclovía. Imagen de Francisco Aguirre

El olvido que sufre gran parte de la infraestructura y equipamiento de nuestras ciudades no es casual ni gratuito. Y es que dar mantenimiento suele ser mucho más difícil que construir e inaugurar.

La construcción de obras públicas atrae focos y micrófonos, hace que la autoridad detrás de la creación esté en boca de la opinión pública, que no dudará en darle el apelativo de realizador. El manoseado eslogan político de “obras, no palabras” será siempre más aplicable al levantamiento de lo nuevo que al cuidado de lo viejo. Mantener lo hecho en el pasado no da pie a cortes de listón ni se reconoce en placas de bronce, no aparece en los titulares de la prensa ni da brillo a los cacareados informes de gobierno.

Por otro lado, y aunque los montos considerados sean mucho más grandes, generalmente resulta más fácil conseguir recursos para inaugurar obras que para su posterior mantenimiento. El financiamiento público a los proyectos comúnmente omite esa parte, tarea que queda para la siguiente administración, que a su vez preferirá embarcarse en nuevos proyectos antes que cargar con los muertos del gobierno anterior (nada menos atractivo para un político que administrar las creaciones de sus antecesores). No hay que olvidar que los grandes contratos –y la posibilidad de desviar algún recurso a los bolsillos de la autoridad que los promueve- están más en la construcción que en el mantenimiento.

A su vez, el embarcarse en obras nuevas siempre atraerá las simpatías de la poderosa industria de la construcción, generando gran cantidad de empleos focalizados, altamente visibles, cosa que no ocurre con el mantenimiento de lo ya existente.

Salga a la calle y mire la acera, el mobiliario, el estado de los escasos juegos infantiles y se dará cuenta que el responsable detrás de estas intervenciones pensó que iban a durar toda la vida sin necesidad de dar una mano de gato (en época de elecciones a veces se destinan algunos litros de pintura para tapar los estragos causado por el implacable paso del tiempo). En resumidas cuentas, la inauguración de obras da votos, el mantenimiento de las mismas no; político que no corta listones se ve a sí mismo como un político sin futuro.

Valga lo anteriormente dicho para contar el caso de la ciclovía la Avenida Forjadores de Sudcalifornia de La Paz, Baja California Sur. Construida hace unos cuarenta años en uno de los principales ejes de la ciudad, hoy más del 60 por ciento de su superficie es un campo de batalla sencillamente intransitable. Primero fue alguien que la ocupó como estacionamiento ante la mirada cómplice de las autoridades. Luego otro se instaló a vender discos pirata, otro puso un puesto de tortas y el de más allá uno de carnitas. La invasión generalizada continuó con la instalación de postes, avisos publicitarios, y espacios de venta de locales comerciales que impunemente se apropiaron de lo que pertenecía a todos. Hoy hasta los pilares de los infames puentes peatonales se posan sobre la huella de lo que un lejano visionario construyó para promover el pedaleo en la ciudad. A decir verdad, tengo la impresión que la ciclovía nunca fue muy exitosa, pero eso no justifica la voraz apropiación.

En la actualidad los ciclistas de la ciudad plantean un plan estratégico para recuperar la vía. Suena bien, pero no será nada fácil. Cualquier esfuerzo en este sentido será extremadamente caro, extremadamente largo, extremadamente engorroso, algo que se pudo evitar si se le hubiera dado un mínimo de mantenimiento a lo largo de los años. Habrá que repavimentar, quitar obstáculos, remover locales, desplazar estructuras pesadas, eliminar estacionamientos, y terminar con una cultura de la apropiación ya muy consolidada por el paso del tiempo. De pensarlo duele la cabeza.

La historia se repite en otras ciudades. Me cuentan que en León pasa exactamente lo mismo: de sus 100 kilómetros de ciclovía, la cuarta parte están parcial o totalmente inutilizados. Y es que si una autoridad tiene que elegir entre construir una nueva ciclovía y reparar la existente, nunca dudará en irse por la primera opción.

En momentos en que todas las ciudades gritan su decidido compromiso con el fomento a la bicicleta, sería bueno que antes de embarcarnos en nuevos y costos proyectos nos dedicáramos a rescatar y mantener lo que ya se hizo en el pasado. No hacerlo es simple despilfarro, es simple vanidad expresada en el ferviente deseo de aparecer en la foto cortando una cinta, develando una plaquita de bronce, dando el paseo inaugural. A lo mejor estoy pidiendo peras al olmo.

*Información y fotografías gentileza de Francisco Aguirre, integrante de BCSicletos.

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