Por qué nos gusta Peatónito

Peatónito

El hasta entonces frío público asistente a Ciudad Peatón, encuentro organizado por el Laboratorio para la Ciudad, explotó en una ovación cuando el enmascarado de negro se tomó el escenario. No había dicho media palabra y ya tenía a los –calculo- cuatrocientos asistentes en el bolsillo. Los invitados internacionales –Jeff Speck, Alissa Walker- no cabían de entusiasmo con su presencia; se lo hubieran llevado  a Estados Unidos de inmediato. El hombre ya es un personaje, parte no sólo del inventario de este tipo de encuentros, sino de la incipiente creación de políticas públicas de fomento a la caminata en la ciudad. No es mérito menor.

A Peatónito le han dedicado notas en El País, en la BBC, en The Atlantic Cities, incluso en la edición local de Playboy, algo por lo que cualquier urbanista daría su brazo derecho. El video que de él hizo Reforma suma miles de visitas en Youtube. Por ahí circula otra nota hecha por Al Jazeera. Los políticos ya lo ubican, y de a poco comienzan a ver los beneficios de salir en la foto junto a él. Es Miguel Ángel Mancera el que aparece pintando una cebra con Peatónito, no Peatónito el que acompaña al jefe de gobierno capitalino. Es un imán de cámaras. La gente quiere estrechar su mano, abrazarlo, fotografiarse con él (por ahí tenemos una foto juntos, yo de corbata, él de capa y máscara. El que luce fuera de ambiente soy yo). La fama marearía a cualquiera, pero, al igual que los grandes enmascarados que México ha parido, Peatónito se esfuerza para que su nombre permanezca en el más absoluto de los anonimatos.

¿Por qué nos gusta Peatónito?

Porque ha hecho visible a ese eterno postergado que es el que se desplaza a pie por la ciudad. Si hoy el peatón existe en el discurso público capitalino se debe en gran medida a la acción de un enmascarado que a su vez desenmascara políticas públicas inexistentes, presupuestos famélicos, leyes de fantasía, la ausencia sistemática del Estado en la protección del eslabón más débil de la cadena de la movilidad. Nos gusta porque aparece allí donde nunca hubo autoridad para defender los derechos de una mayoría –de pobres- que realiza parcial o totalmente a pie cuatro de cada cinco viajes en la ciudad. Nos gusta porque no pide nada especial, sólo que en la calle se respete esa cosa tenue, difusa que es el estado de derecho. Por ello no se cansa de recitar uno a uno los artículos de ese papel sin vida que es el Reglamento de Tránsito Metropolitano, esperando que algún día dejen el cómodo terreno de las buenas intenciones (en la foto de portada de su página de Facebook aparece empujando un coche detenido en un paso de cebra ante la mirada impávida de un policía).

Está lejos de ser un gran orador, pero la falta de labia la suple a punta de carisma. Su discurso es simple, apela al sentido común y al rescate de valores esenciales de convivencia ciudadana. Nos gusta porque es justo a la hora de reconocer avances y atribuir los debidos méritos, pero no se hace mayor problema en apuntar con el dedo a la autoridad incongruente, al oportunista, al que no hace bien su trabajo (despedaza el despedazable Decálogo del Peatón en frente de los funcionarios de la agencia gubernamental que lo promueve; la multitud responde con un sonoro aplauso). Si fuera futbolista, seguramente sería un central de la estirpe de Beckenbauer, de Elías Figueroa, de Franco Baresi, de Laurent Blanc, tipos que salían a la cancha vestidos de smoking, pero que si la ocasión lo ameritaba no se hacían problemas en partir en dos al insolente adversario.

Nos gusta porque es capaz de transmitir claramente un mensaje que no es contra el automovilista, sino a favor del respeto de los derechos esenciales del ciudadano a pie. Prefiere la sonrisa, el gesto amable, el pulgar levantado hacia arriba; por eso cuando sale a la calle generalmente es bien recibido por el otro ciudadano detrás del volante.

Peatónito nos gusta porque puede ser más efectivo que un camión lleno de expertos. Porque entiende que el mensaje es más efectivo cuando se plantea de manera asertiva, porque maneja bien el poder de la imagen, porque sabe que, querámoslo o no, hoy en día un meme, una foto, pueden ser más efectivos que una tesis de doctorado.  Por eso es que la academia, dormida hace rato en su Olimpo, no tiene idea de su existencia, lo que no es necesariamente una mala señal. Si supiera, lo ignoraría, salvo como objeto de estudio.

Sí necesitamos generar conocimiento duro en el ámbito peatonal, sí necesitamos cifras, sí necesitamos indicadores, sí necesitamos formar expertos en los gobiernos locales, pero también requerimos con urgencia a gente que sepa transmitir el mensaje, y que los tomadores de decisión se apropien de él (en serio, con programas con metas y objetivos claros y medibles, con presupuestos decentes). Los mimos de Bogotá, las cebras de La Paz fueron ejemplos muy valiosos en este sentido, pero nacieron de iniciativas gubernamentales. Peatónito es 100 por ciento ciudadano, y eso es un activo no menor.

¿Qué le falta? Creo que salir del área de confort de los ya convencidos y llevar el discurso y la acción a los sectores más carenciados, donde está la gran masa peatonal, que camina sencillamente porque no le queda otra opción. Ellos son los que sufren las condiciones más miserables, los que enfrentan los mayores peligros, los últimos en recibir la acción del Estado. Fomentar la caminata, mejorar las condiciones en que se realiza, es también una política que ayuda a combatir la pornográfica desigualdad de nuestras ciudades. Me incluyo como objeto de la crítica.

Terminan sus diez minutos y el público asistente al Centro Cultural Estación Indianilla no escatima aplausos para el enmascarado. Pasó Peatónito. Vendrán las fotos, las palmadas en la espalda, los mensajes de cariño y admiración. Cuando todo acabe irá al baño para quitarse la máscara y así evitar que lo reconozcan.

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