Santiago: saliendo de la lata

Imagen: wikipedia.org

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Lo mejor que le pudo haber pasado a Santiago fue el incendio del triste edificio Diego Portales. Construido en 1971 para ser sede de la Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo (UNCTAD), sus méritos constructivos (se levantó en cosa de meses) ocultaron sus dudosos atributos arquitectónicos, que durante décadas dejaron en la sombra y el frío más absolutos a una cuadra eterna de la Alameda, la principal avenida de la ciudad. Las sombras se hicieron más largas cuando la dictadura decidió ocupar el edificio como sede de la junta de gobierno ante el calamitoso estado del palacio de la Moneda después del bombardeo de septiembre de 1973. Poco aficionado a la poesía, el régimen de Pinochet cambió su nombre original de Gabriela Mistral al de Diego Portales, creador de la pesada arquitectura del Estado chileno. El incendio de 2006 borró de un plumazo un pasado incómodo –los mil días del gobierno socialista de la Unidad Popular y los 17 años de sangrienta dictadura- dejando camino libre para el borrón y cuenta nueva. Verdadero reflejo de las últimas cuatro décadas de Chile, la mole fue reinaugurada el 2010, nuevamente bajo el nombre de Gabriela Mistral, ya no para albergar oscuras oficinas, sino un magnífico centro cultural que ha ayudado a revitalizar una zona que quiere dar un nuevo rostro a Santiago y así superar años, décadas, siglos de la lata más profunda.

Alguna vez el cronista Roberto Merino señaló la urgente necesidad de hacer una historia del aburrimiento en Chile. La lata, palabra que tanto gusta a los chilenos y que denota una sensación de profundo aburrimiento, de eterno hastío, se materializó en Santiago, una ciudad típicamente calificada de limpia, correcta, ordenada, pero que en el imaginario colectivo históricamente se ha asociado a comercios cerrados los fines de semana, a ausencia de vida nocturna, a escasa oferta cultural, a pocos incentivos para hacer actividades al aire libre. Santiago es ciertamente más atractivo para el policymaker que para el turista, para el empresario que para el artista, para el responsable padre de familia que para el joven en busca de aventura. Santiago puede ser insoportable para quien anda en busca de esa cosa difusa que es “lo latinoamericano”, lo que no es necesariamente malo. Santiago no tendrá la vida nocturna de Buenos Aires o Río de Janeiro, pero prácticamente el 100 por ciento de sus habitantes cuenta con agua potable y alcantarillado en su lugar de residencia. No poseerá la riqueza arquitectónica de los centros históricos de Quito o Lima, pero sus índices de delincuencia son los más bajos de la región. No ofrecerá el panorama cultural de la ciudad de México, pero es la única capital latinoamericana con un sistema de transporte público 100 por ciento integrado. A falta de un pasado esplendoroso, los orgullos santiaguinos se expresan en estadísticas, en cifras, en el orgullo de presentar un ambiente donde impera algo parecido al estado de derecho. Es la típica ciudad bien situada en los rankings de los mejores lugares donde hacer negocios. Mientras la urbe latinoamericana trata de brillar a partir de sus mercados, centros históricos, barrios típicos, carnavales y fiestas, Santiago se enorgullece de sus líneas de Metro, de sus plantas de tratamiento de aguas, de sus sistemas de limpieza de calles, de su ausencia de asentamientos irregulares.

Superadas muchas de las carencias básicas de la población, algo que es una quimera en la mayor parte de Latinoamérica, el Santiago de hoy apuesta a dar el salto de ser una ciudad grande para convertirse en una gran ciudad. No se trata solamente de la aparición de atractivas tiendas, cafés o restaurantes en sus mejores barrios, de la saludable llegada de todo tipo de festivales y eventos culturales, o de la construcción y mejora de aceras, parques y plazas. También es un lento aprendizaje de añadir el gozo al simple uso del espacio público, de encontrar el área de confort fuera de la propia casa, de experimentar formas colectivas de vivir la condición urbana. De la apropiación ciudadana de la calle, de aprender a caminar y pedalear la ciudad. Por supuesto que no todo es progreso. A pesar de los avances todavía hay deudas pendientes, particularmente relacionadas con la desigualdad con que han sido repartidos los beneficios de la nueva riqueza urbana. La inequidad también tiene forma espacial, y en Santiago uno en gran medida recibe la ciudad que sus bolsillos pueden pagar; mal que mal, las buenas tiendas y festivales, los cafés al aire libre, los hermosos parques y las ciclovías siguen siendo una ficción para millones de personas. Una distorsionada idea del orden ha impregnado las fachadas santiaguinas con el olor agrio de las bombas lacrimógenas. Por otro lado, no todos los incendios han sido virtuosos como el contado al principio: el escaso patrimonio arquitectónico ha desaparecido a pasos agigantados víctima del fuego, las termitas, el olvido, la voracidad empresarial, o todos juntos. El patrimonio cultural ídem: las ferias callejeras dejan su lugar a supermercados, mientras el comercio local es tragado por fríos centros comerciales (los empresarios chilenos son los tristes reyes del retail latinoamericano).

¿Cómo dar el salto? ¿Cómo añadir calidad a la cantidad? ¿Cómo humanizar los fríos números, los índices macro que no han podido borrar la triste estadística de ser la ciudad latinoamericana con mayor consumo de antidepresivos? Mirar el Gabriela Mistral puede dar algunas pistas.

*Artículo publicado en la edición N° 67 de Arquine

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