La ley es un asunto entre privados

Llevan dos horas discutiendo. El señor Bedoya, ejemplar funcionario de la concesionaria Hyundai de Medellín, se encuentra parapetado detrás del  volante del pequeño Eon rojo. De ahí no se moverá hasta que se restablezca el estado de derecho. A tres metros un grupo de activistas se encuentra parapetado detrás del moderno Eon maniobrado por el señor Bedoya. De ahí no se moverán hasta que se restablezca en propiedad el estado de derecho. Mientras tanto tuitean fotos del señor Bedoya tratando de hacer valer el derecho ancestral de exhibir el moderno Eon en espacios que en teoría fueron construidos para caminar, pero que en la práctica han sido utilizados como escaparates de la industria automotriz.

La policía observa. Lo delicado del asunto aconseja prudencia.

En la discusión el señor Bedoya se ampara en usos y costumbres, cita una Constitución que en ningún momento incluye la palabra peatón en sus sagradas páginas, y apela a la libertad de trabajo, que si no se permite a las automotoras exhibir sus productos en la calle, serán cientos de miles los compañeros que irán a parar allí al quedarse sin empleo. El grupo activista también apela a la ley, que indica que el espacio para caminar está precisamente para caminar, apela al reglamento de tránsito, que prohíbe taxativamente el estacionamiento en la acera (allá le llaman andén), y finalmente apela a la Constitución, que en ninguno de sus artículos menciona la palabra Hyundai. Alguien tuitea la ocurrencia.

La policía, expectante, observa. La aplicación del imperio de la ley es un asunto entre privados.

Muéstrenos los papeles que dicen que puede estacionar su coche en el espacio público. Y ustedes muéstrenme los papeles que dicen que este fantástico Hyundai Eon no puede compartir sus virtudes en el mismo espacio que ocupa el pobre ciudadano que paga sus impuestos y que sueña con manejar un modelito así, 96 cuotas sin enganche. El ambiente se pone ríspido, tenso. Gaviria, uno de los activistas, pone la cámara de su celular en la nariz del señor Bedoya, quien reacciona indignado con un manotazo y un ¡sáqueme inmediatamente esa vaina de aquí, carajo!, instante rápidamente tuiteado y youtubeado como palmaria demostración del escaso compromiso de la industria automotriz con la libertad de expresión. Bedoya grita, gesticula, agarra el celular para hablar con el señor Jaramillo, gerente del local, y preguntarle qué hacer. El señor Jaramillo le dice que se deje de tonteras y proceda, ante lo cual Bedoya procede, pone la reversa y arremete hacia el andén para estacionar el moderno Eon, que no puede proseguir su marcha porque Gaviria, que por un instante se siente frente al tanque de Tiananmen, se arroja valientemente a las ruedas para impedir su paso. La banda activista tuitea el hecho, tuitea fotos de las heridas en el codo de Gaviria, quien a su vez con el brazo bueno tuitea que el caso viola la convención internacional de derechos humanos, el tratado de Versalles, el protocolo de Kyoto y el pacto de Varsovia. Bedoya a su vez apela a los tratados de libre comercio que Colombia ha firmado, señala que este hecho puede dañar seriamente las relaciones bilaterales con la República de Corea, y que el señor Park, representante de la firma en esas tierras, interpondrá un reclamo formal ante la Cancillería y la Organización Mundial de Comercio por la usurpación del espacio de exhibición de mercadería automotriz. El aire se corta con un cuchillo.

Los elementos policiales se abstienen de intervenir. Observan. Garantizar el respeto al estado de derecho en la calle es un asunto entre privados.

Aparecen unas sillas de playa, un toldo, unas macetas y una mesita de centro, que para el grupo activista no hay nada mejor que tomar el sol frente a un concesionario de automóviles. “Menos espacio para los coches, más para las personas” es la consigna del ingenioso tuit que acompaña la instalación del pequeño parque temporal (parklet le llaman ahora). El señor Bedoya hierve por dentro, lo mismo que el señor Jaramillo, que irrumpe en escena hecho una furia acompañado de un abogado y un notario, quienes constatan la invasión del espacio público por parte del público.

Nuevo tuit.

La hora avanza, el sol quema.

Se acerca la hora de almorzar.

Después de dos horas tomando palco a la espera de una solución entre las partes en conflicto, la policía estima que ha llegado la hora de actuar con vigor.

Entonces la oficial Restrepo, apoyada en la ventanilla abierta del flamante Eon rojo, le ruega al señor Bedoya que no sea malo, que deponga su actitud beligerante, que finalmente no tiene mayor sentido pelearse por una nimiedad así.

El oficial Ospina ocupa los mismos argumentos con el grupo de activistas, sin resultados positivos que vayan más allá de una andanada de tuits entusiastamente acogidos en redes sociales.

El cabo Bermúdez y su silbato agilizan el  tráfico vehicular, como si los problemas estuvieran en el espacio donde circulan los automóviles.

En otro frente el capitán Betancur emprende un intento de negociación para la aplicación de esa cosa porosa y esponjosa que es la ley en la ciudad. Que mueva un poquito el coche dejando un espacio para que caminen las personas, que sea comprensivo con el señor de la automotora que sólo hace su trabajo, que si limitamos el número de coches a no más de cinco, y que sean los más pequeños, entre ellos el Eon, y que si las sillas, los toldos y las mesitas las movemos a un rincón donde no molesten a nadie.

Ya son 87 los policías en la escena del conflicto. La mayoría observa.

Llega un canal de televisión de cable local. El señor Bedoya se la arregla para que la cámara le haga un close up al flamante Eon. El sobreviviente de Tiananmen muestra a la cámara las heridas de la refriega, el resto tuitea.

La negociación se entrampa, que la ley es la ley, pero ésta tiene letra y espíritu, que muéstreme la ley, que el señor Park anda bravo y ya llamó a la embajada de Corea, y que si me enojo les pongo una multa a todos, a la una, a las dos, a las tres.

El día avanza, el sol quema.

Se anuncia el arribo de un nuevo contingente policial a cargo del comandante Escobar, quien llegará una vez que termine de almorzar. Con el estómago lleno la ley fluye mejor.

Palabras al cierre

Carlos Cadena Gaitán (@CadenaGaitan) me taguea en la foto que inspira estas líneas. No tengo idea del contexto detrás de ella. No me importa, imaginarlo es más entretenido. No creo andar tan perdido.

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