Elogio de la caminata, por David Bowie

David Bowie caminaba. Harto, más que el promedio de la población y mucho más que la media de los ricos y famosos. Primero por prescripción médica, luego por placer, finalmente por necesidad. Después del infarto en Alemania y los tres bypass que le siguieron, caminar se transformó en un ineludible ritual de una hora o más, realizado de preferencia bien temprano en la mañana en los alrededores de su dúplex de 14 millones de dólares ubicado en el 285 de Lafayette St. en el ultra gentrificado barrio de Nolita, Nueva York. Sin itinerario predeterminado, el paseo diario se convirtió en una pieza fundamental para el mantenimiento en forma de la mano y la mente del artista.

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David Robert Jones afirmando un poste mientras camina por Nueva York

Bowie pasó las últimas dos décadas de su vida recluido en Manhattan, creando una isla dentro de otra isla que raramente abandonaba: detestaba los aviones, y no se sentía a gusto lejos del pavimento y las luces de la ciudad. La elección de Nueva York no es casual. Allí no sólo estaría en contacto directo con lo más selecto de la escena artística e intelectual del planeta, sino que tendría la oportunidad de desconectarse de sus tantos personajes y volver a ser David Robert Jones, alguien a quien nadie importuna con un autógrafo, una selfie, o un comentario de lo buena que es la canción que grabó con el fredimércuri mientras camina por la calle. En Manhattan hay una cuadrícula que permite múltiples opciones de viaje, las aceras no son muy atractivas, pero sí amplias y accesibles, y lo más importante, están enmarcadas por múltiples vitrinas o espacios a medio camino entre lo público y lo privado pensados para sentarse a tomar un café, gozar del sol otoñal o sencillamente ver la gente pasar. Sendas crónicas del New York Times y El Mundo detallan que, como buen urbanita, Bowie se las ingenió para que todas sus necesidades estuvieran al alcance de sus pies: su oficina en Isolar Enterprise, justo al frente de su residencia, los estudios de Magic Shop en el 49 de Crosby St., a 300 metros de ella, el Caffe Falai (a 100 metros), las librerías McNally Jackson Books (60 metros) y The Strand (1.3 kilómetros), o la disquería Bleecker Bob’s, que hasta 2013 abrió sus puertas en el 118 de West 3rd St., a 1.1 kilómetros del departamento del artista. Todas tiendas locales, todas distancias que pueden cubrirse perfectamente en 20 minutos o menos de despreocupada caminata.

Nietzsche, que caminaba largas distancias para obtener inspiración y de paso espantar los terribles dolores de cabeza que lo aquejaban, solía decir que todas las grandes ideas se concibieron caminando. No es un aforismo gratuito: un estudio de los investigadores Marily Oppezzo y Daniel Schwartz de la Universidad de Stanford constató los positivos efectos de la caminata en el proceso creativo. Cuatro pruebas aplicadas a un grupo de 40 voluntarios demostraron que quienes las realizaron dando un paseo a pie aportaron más ideas y fueron más creativos que quienes hicieron lo mismo pero sentados. A su vez, el estudio señaló que el impulso creativo permanece un tiempo después de finalizada la caminata. Más que a ordenar pensamientos, caminar crea las condiciones propicias para la lluvia de ideas interior, ya sea desencadenándola o despejando la mente para su pronto aterrizaje. ¿Cuánto le debe la obra de Bowie a las largas horas deambulando en la ciudad, recogiendo ideas gratuitas sueltas en la acera, degustando la experiencia que Balzac –otro conspicuo peatón- gustaba denominar gastronomía del ojo? David Bowie caminaba. Primero por prescripción médica, luego por placer, finalmente por necesidad. Buscó en la lentitud de la caminata el combustible para que su cabeza anduviera más rápido.

Bowie el flaneur decía que “la firma de la ciudad cambia de forma y se hace más sustanciosa a medida que más y más personas se apoderan de la calle.” De esa sustancia urbana probablemente vino mucha de la inspiración plasmada en una obra tan rica y heterogénea como las calles que la vieron engendrar. Siga caminando, maestro, donde quiera que ahora esté.

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