Elogio del transporte público, por Peppa Pig

Mejor cuento rápido la historia y así le ahorro cuatro minutos y medio de lata al lector:

El pececito Dorado de Peppa luce mal y no quiere comer. De seguir así, pronto cambiará la pecera de cristal por una de loza con cadena. El tiempo apremia, es necesario llevarlo a la brevedad a la consulta de la doctora Hamster, especialista en peces inapetentes. Como el gordo sedentario de Papá Pig se llevó el auto, a Mamá Pig y sus hijos no les queda otra que tomar el autobús C-2 que los dejará en la veterinaria. En el camino se sube el señor Bull, que lleva su abollada tuba a reparar. Más adelante es el turno del grupo compuesto por Madame Gazelle, Mamá Sheep, la Señora Cat y el Señor Cebra, quienes van al supermercado. Todos los pasajeros se conocen, por lo que el viaje es bastante conversado. Al llegar al hospital veterinario, el pececito Dorado ha dejado atrás su mal semblante; de hecho, se le ve muy animado después de devorar con fruición los pellets que le dan. Como por arte de magia ha sanado, y de momento se ve lejano el día en que nade de espaldas. El diagnóstico de la doctora Hamster es concluyente: Dorado sólo necesitaba cambiar de aire, salir de casa y socializar un poco, precisamente lo que el viaje en autobús le ha dado en cosa de minutos. Escuchar la desafinada tuba del señor Bull, las cariñosas palabras de Madame Gazelle han funcionado mejor que mil antibióticos. La moraleja del capítulo es clara: andar en transporte público va mucho más allá de la satisfacción de una necesidad de transporte. También es una oportunidad de interactuar con los demás, y por qué no, de crear una pequeña y efímera comunidad sobre ruedas.

Hace unos meses circuló un video grabado en un vagón del Metro de Nueva York que estuvo detenido dos horas en medio de un túnel. La experiencia -incómoda, desesperante, claustrofóbica- fue en gran medida tolerable para quienes la sufrieron por la aparición espontánea de redes de compañerismo y solidaridad entre los pasajeros. Pequeños gestos, como compartir una botella de agua, un dulce, o una batería para cargar el celular, ayudaron a construir lazos de apoyo para sobrellevar de mejor manera la interminable espera. El surgimiento de líderes espontáneos, de personas que nunca perdieron la sonrisa, hizo que la incomodidad, el fastidio, se transformaran incluso en un momento agradable, tal como atestiguan las imágenes del grupo improvisando canciones hacia el final de su retención en las profundidades del tren subterráneo. ¿Sucede esto en un atasco de automóviles que no sea el de la Autopista del Sur de Cortázar?

La historia de Peppa Pig muestra una visión del transporte público como espacio de encuentro social que refuerza nuestros vínculos comunitarios. A los promotores de su uso nos fascina esta visión, sumándola con gusto a todos los beneficios económicos y ambientales inherentes al uso del transporte colectivo. Sin embargo, esto puede ser no más que un espejismo; la cruda realidad a veces nos dice algo bien distinto.

En la investigación para su tesis doctoral, Jared Thomas preguntó a 1,700 usuarios de transporte público de Nueva Zelanda sobre sus hábitos sociales al desplazarse. De ellos, la mitad señaló que prefiere volcarse en actividades solitarias, como leer, jugar videojuegos, o escuchar música mientras viaja. Sin embargo, esta tendencia a la soledad puede cambiar de acuerdo al nivel de amontonamiento de pasajeros y las características espaciales de los vehículos. De acuerdo al estudio, la disposición de los asientos puede crear condiciones más o menos propicias para la interacción social. Así, cuando los asientos se enfrentan hay un 30 por ciento más de posibilidades que los usuarios establezcan una conversación que cuando estos se sientan en filas uno al lado del otro. Las configuraciones en “L” o la instalación de pequeñas mesas entre asientos enfrentados también favorecen el contacto entre pasajeros, pero disminuyen la capacidad de los buses y trenes, tema prioritario para los planificadores de transporte, siempre preocupados de los delicados equilibrios financieros de la operación de los sistemas.

Para un inmenso grupo no hay mejor viaje que el que se hace en solitario. Al respecto, otro estudio, esta vez de la socióloga Esther Kim con usuarios de buses interurbanos Greyhound, describe una amplia gama de actitudes orientadas a evitar el contacto social en el transporte público, desde el preferir asientos que dan al pasillo cuando el bus está desocupado hasta colocar bultos en el asiento vacío de al lado. Algunos usuarios gustan de hacerse los anchos, abriendo exageradamente las piernas, mientras otros sencillamente ponen su mejor cara de pocos amigos al mirar a alguien que avanza por el pasillo. Todas estas conductas en gran medida están orientadas a desincentivar la llegada de potenciales compañeros de plática. Si hay asientos disponibles, que no sea el que está al lado mío. No voy a mentir: cuando viajo siempre cargo un libro, en el cual clavo mi mirada apenas tengo las manos libres. Lo hago porque me gusta leer, pero también porque constituye una eficaz barrera ante la peligrosa aparición de una conversación no buscada.

El trabajo de Kim señala que la seguridad es una razón importante para evitar el contacto con extraños durante un viaje en transporte público, pero no es la única. La necesidad de espacio vital en modos donde éste es un bien escaso, y la búsqueda de soledad en medio de la eterna compañía que brinda la ciudad aparecen también como argumentos para justificar nuestra conducta antisocial mientras viajamos. Querámoslo o no, la privacidad que da un automóvil difícilmente la podrán dar modos donde estamos condenados a compartir aire y espacio.

Volvamos a Peppa Pig. ¿Está equivocada en su idílica visión del viaje en bus? Quizás no tanto. No hay que ser muy observador para descubrir que la familia de cerdos vive en un suburbio, donde abundan árboles y pastos y escasean las casas. En un contexto así, el bus C-2 probablemente sea el único modo de transporte colectivo existente (Peppa, su mamá y hermano son los primeros en abordarlo, lo que puede indicar la cercanía de la estación de término de la línea). Su baja frecuencia (un bus cada treinta minutos) hace muy probable que sus usuarios se encuentren regularmente en su interior. Si a eso añadimos que se trata de una comunidad pequeña (esa es la impresión que deja la serie), resulta altamente esperable que todos los usuarios se conozcan. Si más encima todos van cómodamente sentados, entonces no es de extrañar que el autobús efectivamente sea una proyección del espacio que esta comunidad convive. Ponga a los mismos pasajeros en un microbús atestado de gente y no van a tener ganas de abrir la boca. Ahí el pececito Dorado se muere.

Palabras al cierre

Peppa Pig entra en el rubro costos de la paternidad. Es infumable. Sin embargo, a veces el mensaje no es tan malo.

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