Elogio del patín del diablo, por Monito y su papá

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Patines del diablo en una escuela de París. Imagen: Awen Southern

El problema de Monito es que su casa está a una distancia que resulta larga de caminar a sus cinco años y medio. El problema es que su escuela no cuenta con servicio de transporte escolar. El problema es que no sabe andar en bicicleta, y si supiera sus papás no la dejarían ni tampoco pedalearían con ella, que en el camino a recorrer no se sienten en absoluto seguros (las ciclovías siguen siendo una quimera en Coyoacán). El problema de Monito es que su papá odia manejar y pasa la vida vendiendo el humo de la movilidad sustentable, y cree que la mejor manera de promover el transporte público es usándolo a diario. Monito lo detesta (al transporte público, no a su papá, supongo). Razones no le faltan: la primera opción para hacer el trayecto escuela-casa es viajar en Metro, lo que significa ir a la estación por una banqueta irregular invadida por el comercio callejero, tomar la calurosa línea 3, caminar un largo trecho y hacer combinación con la línea 12, para finalizar tomando un trolebús en Eje Central, cuya frecuencia a veces es más baja de lo que una niña pequeña es capaz de soportar. La segunda opción es tomar el destartalado trole que recorre Universidad y Miguel Ángel de Quevedo, en el cual es relativamente fácil encontrar asientos disponibles, pero que incluye una larga caminata desde la parada de destino a su casa, paseo que por lo general culmina con una niña amurrada sobre los hombros de su también amurrado padre, cuya espalda y cintura ya no están para distancias prolongadas haciendo este ejercicio.

Para el adulto citadino un viaje generalmente se reduce a un mero desplazamiento entre dos puntos. El modo a utilizar para cubrir ese trayecto dependerá de una serie de elementos que ese adulto tomará en cuenta, pero que usualmente se reducen a cinco: disponibilidad, costo, tiempo, comodidad y el muy importante factor estatus social. Para un niño el asunto es diametralmente distinto, apareciendo una sexta variable que podríamos llamar la aventura que ese viaje puede brindar. Quienes tenemos hijos pequeños nos habremos dado cuenta de que su conducta a lo largo de un desplazamiento no depende tanto del tiempo que toma, sino de los estímulos que el niño pueda recibir a lo largo de éste. Por eso Monito no tolera el Metro, un modo pensado para satisfacer necesidades de adultos (rapidez y economía), pero cuya monotonía resulta exasperante para alguien que cuenta con pocos medios para distraer su mente en un entorno que inhibe la imaginación. Esto empeora si no hay asientos disponibles, cuando el panorama visual de un niño queda reducido a un tupido bosque de piernas.

Al caminar suele suceder algo parecido. Si el recorrido no ofrece puntos de interés, espacios o hechos que animen cambiar el ritmo y dirección de la caminata, es altamente probable que el niño se aburra, se canse y empiece con el insoportable coro del ¿cuánto falta, papá, cuánto falta, papá, cuánto falta , papá?

Cambiar el espacio del viaje es muy difícil, pero a veces se puede alterar la manera en que se éste se vive. La solución a gran parte de los problemas de viaje con mi hija vino de la mano de un sencillo patín del diablo (en Chile lo llamamos monopatín), liviano y que desmontado no hace mayor bulto en el transporte público. Intermodalidad infantil, la cadena patín-trolebús-patín ha demostrado ser tremendamente atractiva tanto para padre, libre de quejas y llantos, como hija, que ha hecho de un acto cotidiano una verdadera aventura. Lo que para una caminata es algo intrascendente –cuando no un estorbo- a bordo de un patín del diablo puede transformarse en una prueba a superar. Así, pequeños desniveles o sutiles cambios en el pavimento se convierten en atractivos de una ruta que a pie no ofrece mayor brillo. Una suave pendiente es una pista de aceleración, mientras un tosco tope vehicular brinda el escenario perfecto para una pirueta digna de Tony Hawk.

¿Qué necesitamos para que nuestras calles sean monopatín friendly? A decir verdad muy poco: aceras de un ancho medianamente decente (metro y medio basta y sobra), con una superficie lisa y sin muchos obstáculos, cruces seguros, bien señalizados, pequeños espacios destinados a estacionamiento en escuelas y poco más. Calles de baja velocidad de uso compartido son aun mejores. La gracia es que si garantizamos esto, en gran medida habremos construido una ciudad habitable y utilizable por todos, sin importar su condición física o edad (vamos acuñando el término ciudad monopatín).

Un modo que satisface las necesidades de movilidad de un importante sector de la población, y que es capaz de convertir las imperfecciones de la ruta en potenciales valores merece un poco más de la escasa atención que le hemos prestado. Sí, en la familia Pedestre el patín del diablo está dejando rápidamente su estatus de simple juguete.

Palabras al cierre

Sugerencia de indicador de calidad de vida urbana: número de niños en patín del diablo en las calles de una ciudad. Si lo quiere de otra manera: participación del patín del diablo en el reparto modal.

Segundas palabras al cierre

¿Qué carajo esperamos para mejorar las opciones de transporte público en Coyoacán? Hacer una red de ciclovías en serio tampoco andaría mal.

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