Umberto Eco arriba de la micro

Muere Umberto Eco y recuerdo con profundo agradecimiento los cientos de kilómetros que dediqué a la lectura de El Péndulo de Foucault a fines de los noventa. Digo kilómetros y no días porque la mayor parte de sus 600 páginas del libro fueron disfrutadas arriba del transporte público. En aquella época estaba metido de lleno en el largo y penoso proceso de mi proyecto de título, y la lectura a bordo de la 340 y la 226 que hacían el recorrido Colón – Eliodoro Yáñez fue una puerta de escape para una mente y alma literalmente pegados por el Agorex utilizado en maquetas interminables.

Novela policial disfrazada de sátira a la literatura esotérica (o quizás al revés), las paranoias inquietantemente reales de Casaubon, Belbo y Diotallevi dieron sentido a los 40 minutos que cada día destinaba a moverme entre mi casa y el taller que rentaba, que de tiempo perdido pasó a ser tiempo ganado. En esos mismos años, siempre arriba de la micro, leí a varios de los libros y autores que se volverían parte de mi pequeño Olimpo de papel: La canción del verdugo y Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, las breves obras completas de Augusto Monterroso (alguna vez no paré de reír arriba de una 234, o quizás de una 238, no me acuerdo bien), recopilaciones de crónicas de Edwards Bello, y algunas de las mejores novelas de Graham Greene (El factor humano, Nuestro hombre en La Habana, El tercer hombre, El ministerio del miedo). Tamaña selección hizo que adoptara la costumbre que tengo hasta el día de hoy de andar siempre con un libro en la mochila (en este momento hace su abordaje la señora Svetlana Alexiévich, Premio Nobel 2015, con sus crónicas de la catástrofe de Chernóbil).

Siempre he mirado al transporte público como una biblioteca con ruedas, en la que el viaje no es más que una simple excusa para tener una pausa diaria para leer. Bajo esa perspectiva, el mejor modo de movernos no es el más rápido ni el que nos deja más cerca de nuestro destino, sino el que ofrece las mejores condiciones para sacar un libro y hundirse en sus páginas. Lo que se pide es muy poco: algo de comodidad para maniobrar una mano si se va de pie, asientos razonablemente cómodos si se va sentado, ojalá con espacio para cruzar los pies (por eso amo los troles), una suspensión suave, iluminación adecuada de noche, conducción sin aceleraciones ni frenadas abruptas (cajas automáticas, por favor), y algo parecido a un nivel de ruido tolerable para la mente. Declarados enemigos de la lectura en movimiento son los vendedores ambulantes y contadores de cuentos de todo tipo, los malos cantantes, las radios a todo volumen, los conductores con complejo de Ayrton Senna, los asientos estrechos, los vehículos de techo bajo, y, por supuesto, el dogma que dice que el transporte público eficiente es aquel que mete la mayor cantidad de pasajeros por metro cuadrado.

Lectura transporte público

Smartphones 1 – Libros 1. Imagen: Rodrigo Díaz

Suena quimérico pedir medidas de fomento a la lectura en movimiento en un país donde el presidente es incapaz de nombrar tres libros y jamás se ha subido a un microbús, pero nunca está de más aportar alguna idea. La masificación de bibliotecas o sistemas de intercambio de libros en estaciones de transporte público (como los libro-puertos del Metro de la Ciudad de México) puede ser una herramienta muy efectiva para el acercamiento de la lectura a población que mayoritariamente no cuenta con recursos para comprar libros, o que no tiene bibliotecas bien abastecidas cerca de sus lugares de residencia o trabajo. A su vez, los propios vehículos y estaciones pueden ser utilizados como soportes para la lectura informal, no atada al formato libro. Experiencias como el concurso Santiago en 100 palabras, que llena paredes de estaciones y vagones con microcuentos de escritores aficionados, son perfectamente replicables a muy bajo costo. Otras ciudades han implementado vagones silenciosos en sus sistemas férreos, en los que es posible escapar de la plaga omnipresente de los celulares.

Hay quienes van más lejos: el año pasado el municipio rumano de Cluj-Napoca anunció que todas las personas que anden con un libro en sus manos viajarán de manera gratuita en el sistema de transporte público local. De acuerdo a lo que se puede ver en la red, la iniciativa ha sido un completo éxito desde el punto de vista cultural, aunque resta saber los impactos financieros, y con ello en la calidad del servicio, que una medida así puede ocasionar (autogol de media cancha: empeorar las condiciones de lectura por falta de mantenimiento en los vehículos). La industria editorial también puede poner de su parte: las ediciones baratas, ligeras, son por lejos las que mejor se adaptan a viajes que a veces son bastante movidos. Si además la letra es grande, la experiencia lectora se ve más que facilitada.

Yo no pido tanto. Un sistema que respete al pasajero y lo trate con dignidad será siempre un lugar apto para leer. Poner más atención al confort en la experiencia de viaje no sólo hará que el transporte público sea una opción más atractiva a la hora de movernos en la ciudad; también es muy probable que haga de nosotros una sociedad un poco más culta.

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