Salcedo, el alborotador del gallinero

Salcedo

Una de las primeras cosas que hice cuando llegué a vivir en México fue colocar un corcho donde poner fotos de la gente que dejé atrás. Abajo al centro hay una imagen del 2009 en que aparezco con Salcedo. Él en su estilo: pelo hasta el hombro, camisa roja, short, crocs. Es una de las pocas que conservo. En las últimas horas no he dejado de mirarla, quizás como una desesperada manera de atajar la noticia de su partida.

El obituario oficial dirá que murió el doctor en sociología, el académico del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la Católica, el ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad Católica del Maule, el miembro de comités editoriales de varias publicaciones académicas nacionales y extranjeras, el autor de numerosos estudios sobre barrios enrejados, centros comerciales y otras yerbas de la sociología urbana. El dueño de una inteligencia y capacidad profesional fuera de lo común. A mí se me fue mi compadre.

Quienes tuvimos la suerte de conocerlo y gozar de su amistad sabemos que se fue una persona especial. Muy especial. Titán del desorden, paladín de la informalidad, terrorista de la moda. Es la única persona que ha entrado al palacio de la Moneda en traje de baño. Y chalas (aunque pueden haber sido mocasines, no me extrañaría). Nació para revolver el gallinero en un país de tontos graves, y ese quizás es su mayor legado. Lo que a primera vista pinta al personaje también define a la persona: Salcedo vivió intensamente el día a día, y para ello dejó de lado todas aquellas tontas ataduras que nos complican la vida al resto de los mortales. Los 46 años de Salcedo fueron una celebración diaria de la vida y la amistad. Por eso cuando la Vero ayer le puso el teléfono en el oído para que me despidiera, la única palabra que pude balbucear para resumir casi 25 años de amistad fue gracias. Gracias. Gracias.

Ayer Salcedo fue trend topic en Twitter. De todos los mensajes, el más hermoso fue el de alguien que no lo conoció.

Sí, Salcedo fue la raja. Deja un cerro de anécdotas, pero sobre todo una gigantesca herencia de amistad. Por eso no he parado de sonreír mientras escribo estas palabras para saldar cuentas con la distancia. Creo que es la mejor manera de recordar a alguien entrañable, irremplazable. Buen viaje, maestro, puta que lo voy a echar de menos.

 

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