¡Deje de ser peatón!

Nobel 200 Publicidad

Imagen: autoschilenos.blogspot.com

Sigue siendo mi aviso publicitario automovilístico favorito. Creo que siempre lo será. Nada de falsos discursos, de mensajes entre líneas, de dorar la píldora con puestas de sol, mujeres despampanantes y apuestos galanes, que lo importante de un automóvil sigue siendo andar más rápido que con la energía propia y sin compartir espacio con quien no se desea. Si uno va a hacer una gran inversión, que sea para dejar atrás no sólo un modo de desplazamiento, sino un estilo de vida que nos retrotrae a las cavernas. En un mundo que mide el ascenso social por la manera en que nos movemos, ¿para qué sudar y gastar suelas para andar a modestos 4 kilómetros por hora si con un poco de esfuerzo –hay siete planes de venta a largo plazo- uno puede adquirir un moderno Nobel 200, orgullo de la industria nacional?

Uno de los capítulos más desopilantes de la gran historia del automóvil es el de los modelos made in Chile, vehículos cuyas toscas formas y precarias tecnologías no hacían más que reflejar el estado de un país construido como un palacio de Versalles con piso de tierra y malla de gallinero, siempre en camino a una difusa idea de progreso que jamás llega. El Nobel 200, fiel heredero de esa tradición (pobre pero honrado en términos de Condorito) en estricto rigor no era una creación nacional. Sus orígenes se encuentran en el Fuldamobil alemán, que según informa Wikipedia se produjo en una serie de países bajo distintos nombres: Nobel en Chile, Reino Unido y Turquía, Bambi en Argentina, Bambino en Holanda, Fram King Fulda en Suecia, Attica en Grecia y Hans Vahaar en India. En Chile se ensamblaron unos 200 en la planta de Autos Nobel Sud Americana Ltda. ubicada en Renca.

En una época en que el hombre buscaba llegar a la luna, los aviones reemplazaban las hélices por las turbinas, y los bolsillos del ciudadano medio empezaban a tener un poco más que aire, el Nobel 200 hizo eco de las circunstancias históricas proveyendo un diseño que, al igual que los cohetes de parques de diversiones, tras líneas futuristas escondía una tecnología en extremo simple. Su carrocería era de fibra de vidrio, mientras su motor consistía en un modesto Sachs de 200 centímetros cúbicos, lo más parecido a una licuadora con chasis y ruedas. Automovilismo en estado puro, nada de dispositivos de seguridad o tecnologías limpias, justo lo indispensable para dejar de ser peatón.

Paso el micrófono a Francisco Muñoz, cuya familia fue una de las pocas afortunadas que cumplieron sus sueños de transporte privado con un Nobel:

“Como era nuestro primer auto, para mí era lo máximo. Lo particular era que se angostaba hacia atrás, con lo que el asiento trasero era una especie de banca tapizada en tevinil en la que cabían dos niños. Daba la impresión de que tenía tres ruedas, ya que las dos traseras estaban sumamente juntas, con lo que la sensación de inestabilidad y vértigo se acentuaba en las curvas.”

Nobel 200

Los Muñoz Ramírez y el Nobel 200 circa 1976. Imagen gentileza de Francisco Muñoz

El tema de fondo queda resumido de manera magistral en la primera frase: “como era nuestro primer auto, para mí era lo máximo”. Quizás el mayor obstáculo que enfrentan las políticas de movilidad urbana en América Latina es el fetichismo alrededor del automóvil, que lo convierte en un pasaporte que brinda acceso directo a un estado superior de la escala social. Manejamos no tanto porque nuestros cuerpos lo necesiten, sino porque nuestro ego lo implora. Qué importa si es un supositorio con ruedas que tirita cuando se sobrepasa la mágica barrera de los 50 kilómetros por hora, lo que realmente vale es que el cacharro nos libra de la espera en el paradero, de la micro llena, de la aburrida caminata a casa. El automóvil refuerza nuestra identidad, nos eleva la autoestima, y todo por módicos 1,995 escudos precio contado.

No hay dónde perderse: deje de ser peatón.

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