Bicis en el Metro: cuándo sí, cuándo no

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Ciclista en el BART. Imagen: Rodrigo Díaz

Cuando me preguntan si soy partidario de permitir el viaje con bicicletas en el Metro, siempre respondo con un odioso “depende”. Este depende se basa exclusivamente en la cantidad de pasajeros que el Metro transporte y en el nivel de comodidad que estos pasajeros puedan esperar a lo largo del día. En otras palabras, si el tren va frecuentemente convertido en una lata de sardinas, como ocurre con los sistemas de Ciudad de México o Santiago, que son los que conozco más de cerca, mi respuesta será un gran y sonoro NO. Por el contrario, si el Metro anda fallo a los pasajeros y hay espacio suficiente para compartir, por supuesto que me abriré a que las bicicletas ocupen un espacio en los vagones, como hacen algunos Metros en Estados Unidos, o destinaré un vagón especial para ellas, como se puede apreciar en más de algún tren suburbano europeo.

Hace pocas semanas pude apreciar cómo el Metro de San Francisco es ocupado por cientos o miles de personas que cada día viajan con su bicicleta, que cuenta con espacios especialmente asignados en cada vagón. La simple observación me permitió apreciar que la mayoría de sus viajes eran de larga distancia entre los distintos centros urbanos de la Bahía. Tal como señalé al principio, la introducción de bicicletas a toda hora en el BART (Bay Area Rapid Transit) es posible porque es un sistema que transporta pocos pasajeros (sus 6 líneas sólo mueven a 463 mil personas en día de semana), con lo que generalmente el espacio sobra en sus trenes.

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Espacio prioritario para bicicletas en el BART. Imagen: Renata Schneider

Otra cosa ocurre en sistemas de alto uso. En ellos una bicicleta dentro de un vagón no sólo ocupa mucho espacio, sino además dificulta enormemente la subida y bajada de pasajeros. Sin embargo, hasta el más congestionado de los sistemas tiene horas valle que permiten hacer algunas excepciones. De un tiempo a esta parte, el Metro de la Ciudad de México (4.6 millones de pasajeros diarios) permite el viaje con bicicletas los días domingos, servicio que es ocupado preferentemente como modo de acercamiento desde las periferias a la gran ciclovía recreativa que se desarrolla en el centro de la ciudad. Hasta el momento la medida ha despertado la entusiasta aceptación tanto de los usuarios en bici como los de a pie, que no ven mayor inconveniente en compartir espacio con bicicletas. El Metro de Santiago (2.4 millones de pasajeros diarios) ha sido mucho más cauteloso con el tema. Por primera vez permitió el acceso de bicis el domingo 3 de abril de este año, con motivo del V Foro Mundial de la Bicicleta. Sin embargo, y a pesar de la favorable acogida, la medida sólo se repitió dos meses después, esta vez para celebrar el día del Medio Ambiente. A este ritmo, habrá que esperar el día de la Tierra, el del Cambio Climático o el de la Buena Onda para volver a subirse a un tren con la bici al lado.

Ahora bien, permitir la subida de bicis a los vagones de Metro puede ser una medida positiva, pero no es la única manera de combinar ciclismo urbano con trenes. La instalación de bicicleteros seguros y fácilmente accesibles en las estaciones, el mejoramiento de las vías de acceso ciclista a la red de Metro (particularmente en las zonas que generan la mayor cantidad de viajes), y la instalación de estaciones de bicicletas públicas en las áreas que atraen desplazamientos son medidas altamente eficientes para fomentar una cultura de la intermodalidad. En otras palabras, subir la bici al vagón no es la única respuesta; un viaje que se inicia con bicicleta privada, continúa en Metro y termina en bici pública es perfectamente posible si se cuenta con la infraestructura adecuada, que es de fácil, rápida y relativamente económica implementación. Así se logra una optimización del viaje, ocupándose cada modo en la distancia y espacio en que mejor se desempeña.

Volvamos a Santiago: si la experiencia ha sido exitosa las dos veces que se ha implementado, si no se produjeron mayores inconvenientes con los usuarios a pie, no se entiende por qué no se permite la subida de bicis todos los domingos, y no sólo en ocasiones excepcionales (es que se nos va a llenar de bicicletas dirá alguno). Asimismo, se podría levantar la prohibición en horas valle. Es cierto que no son muchas, pero algo me dice que permitir subirse con una bici después de, digamos, las 10 de la noche, no alteraría demasiado el funcionamiento del sistema ni afectaría negativamente el viaje de los otros pasajeros. Esta puede ser una medida que además salve más de alguna vida en una ciudad donde el pedaleo nocturno suele ser una experiencia peligrosa. Es cosa de atreverse un poco; en el peor de los casos se puede revertir la medida y volver a como se estaba en un inicio. Si el costo financiero es nulo, si es fácil de implementar, ¿por qué no nos atrevemos un poquito más?

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Estacionamiento de bicicletas en estación de Metro en Washington, D.C. Imagen: Rodrigo Díaz

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Bicicletas públicas al lado de estación de Metro en París. Imagen: Rodrigo Díaz

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