Parklets: el buen negocio de cambiar espacios para autos por espacios para personas

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Aquí había un estacionamiento. Imagen: Rodrigo Díaz

Aparte del sabor del café y del precio que hay que pagar por él, todo lo demás en el Reveille Coffee de San Francisco es bonito: la decoración, las tazas, los platos, los vasos desechables, la cajera. También es bonito el pequeño parque que hay afuera del local del 200 de Columbus Ave. Hace poco más de dos años es su lugar había pavimento y un par de autos estacionados sobre él.

La idea de un parklet (así los llaman) es reemplazar, temporal o definitivamente, cajones de estacionamiento en la calle por un espacio de uso público, pequeños parques ganados en ciudades donde parecía no haber lugar para ni uno más. Más allá del cambio de uso de suelo, lo más interesante del caso de San Francisco, donde nacieron a mediados de la década pasada, es el modelo de negocio que hay detrás de él. Y es que el diseño, construcción y mantenimiento de este espacio corren por cuenta del o los privados potencialmente beneficiados por su instalación. Estos no son necesariamente locales comerciales; puede darse el caso de vecinos que de manera organizada o individual pongan de su bolsillo para reemplazar un espacio para estacionar por otro para sentarse, tomar el sol, jugar ajedrez, leer, o sencillamente mirar la vida pasar.

¿Privatización del espacio público? Nada más lejano a la realidad. Aunque el privado financia la intervención, ésta no le pertenece. Es un espacio público más que puede ser utilizado por cualquier hijo de vecino, sin importar si consume en el local que puso el dinero para las bancas, las mesas, las macetas y las plantas. Tampoco se puede hacer publicidad en él, sólo una discreta plaquita debidamente estandarizada revela la identidad del mecenas. A pesar de esto, financiar parklets resulta una inversión atractiva para un número creciente de propietarios de locales comerciales, que en la práctica cuentan con una pequeña ampliación al aire libre de su local (en el pequeño parque afuera del Reveille Coffee es posible apreciar que un buen porcentaje de la gente que conversa en las mesas tiene en su mano un vaso con el logo del café auspiciador). Esto es lo que yo entiendo como una virtuosa asociación público privada: el privado pone el dinero, el Estado el espacio, los beneficios se reparten.

Los comerciantes tradicionalmente han defendido a brazo partido la existencia de estacionamientos afuera de sus locales, ya que se asume que sirven para atraer clientes. Sin embargo, la simple observación permite apreciar que el parklet atrae aun más gente, teniendo más rotación que la que experimenta un cajón a lo largo del día. Si este no es suficiente incentivo, el financiamiento de este tipo de infraestructura es deducible de impuestos. Todo calza: beneficios económicos para quienes ponen el dinero, beneficios para toda la ciudad, que gana espacios públicos de la nada sin poner un centavo. Urbanismo caviar puro y duro.

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Estacionamiento de bicicletas y parklet donde ayer había estacionamientos. Puro urbanismo caviar. Imagen: Rodrigo Díaz

Palabras al cierre

Al parecer el éxito de los parklets depende de que se ofrezcan de manera aislada, apareciendo como una verdadera sorpresa para el transeúnte. En este sentido, eliminar todos los estacionamientos de una zona no parece ser una buena idea, ya que corta buena parte de su “alimentación”. Más que eliminarlos por completo, el secreto es gestionarlos para hacer más eficiente su uso (por si le interesa, Jeff Speck se explaya latamente sobre el asunto en su libro Walkable city).

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