Walt Whitman viaja en taxi

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Taxi en Colima. Imagen: Rodrigo Díaz

Algunos aprovechan la luz roja para whatsappear un mensaje. No está prohibido cuando el automóvil está completamente detenido. Otros revisan Facebook o envían un tuit.

Otros le echan un vistazo al titular del Publimetro.

Algunos cambian de radio.

Otras se pintan los labios, se arreglan las pestañas y se retocan el pelo. Con la mano libre envían un mensaje de Whatsapp. Pueden hacer demasiadas cosas al mismo tiempo y en muy poco tiempo.

Algunos se sacan un moco. A veces se quedan jugando con el moco entre los dedos. El de al lado se deleita mirando al que se saca un moco y juega con él entre los dedos.

La mayoría ve el tiempo pasar con la mente en blanco y la mirada fija en un punto indefinido en el horizonte, algo que podría pasar por actitud  zen pero que en la práctica está muy distante de la conciencia plena del tiempo presente, siendo más bien un sonambulismo motorizado, estado muy parecido al de la idiotez.

Y otros leen un verso de Walt Whitman. Casi un tuit. Y durante treinta segundos mastican aquello de darse al barro para crecer en la hierba que amo. Y en una de esas después de la verde se quedan dándole vuelta a la frase hasta que se topan en otra luz roja con otro taxi que en su vidrio posterior tiene a Octavio Paz, y luego a otro con Neruda, y casi chocan del ataque de risa que les da un verso de Nicanor Parra, y aunque no es verso sino un cuento, no paran de sumergirse en las inmensidades del dinosaurio de Monterroso. Y todo porque un funcionario público amante de la poesía se puso de acuerdo con unos taxistas que llenaron la ciudad de versos itinerantes.

De acuerdo al nivel de demanda, Uber ofrece versos dinámicos.

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