Yarn bombing: Tejer para vestir a la ciudad

Yarn bombing

Yarn bombing en plena Avenida México, Coyoacán. Imagen: Rodrigo Díaz, 2016

Hablar mucho sin decir nada, habilidad básica de todo urbanista que se precie de tal. Nunca falta el que hace gárgaras con lo del tejido social. O con su primo el tejido urbano. La experiencia dice que la gran mayoría de los urbanistas émulos de Mario Moreno que hablan del tejido social no tienen una idea muy precisa de en qué consiste, pero como la expresión suena bien y mucha gente la ocupa, entonces la desparraman en foros y reuniones con todo desparpajo e impunidad[1]. Mejor dicho, más que del tejido social hablan de recomponer el tejido social, porque el tejido social siempre está dañado, entonces se acude a la socorrida muletilla que puede significar infinidad de cosas: terminar con la delincuencia, acabar con el flagelo de la drogadicción, hacer que los niños vuelvan a jugar en la calle, reponer los focos del alumbrado público y los arcos de la cancha, o todo eso junto y de una buena vez, porque finalmente al recomponer el tejido social estamos hablando de rescatar el tejido urbano, y entonces entran en acción los mimos, los tipos en zancos y la batucada de mimos en zancos, expertos en estos menesteres de recomposición, regeneración y revitalización de todo aquello que anda mal en la sociedad urbana.

Otros, más bien otras, entienden el tejido social a la antigua, juntas alrededor de una mesa y armadas de palillos y estambre. Bajo esta forma de tejido social, el tejido urbano sería aquél que destina lo tejido a “vestir” los distintos elementos (mobiliario, árboles, vehículos, construcciones) de la ciudad. Los norteamericanos, que a todo le ponen nombre, a esta práctica la denominan yarn bombing (también yarn storming, guerrilla knitting, urban knitting o graffiti knitting), algo así como bombardeo de estambre. En palabras de Lauren O’Farrell, fundadora del colectivo Knit the City, el yarn bombing (ella prefiere utilizar el menos agresivo término yarn storming) consiste sencillamente en crear una pieza en tejido de punto o crochet, instalar esa pieza en un lugar público de la ciudad, para luego salir corriendo y campante. Tan simple como eso. Sin sonrisa no hay tejido callejero.

Tal como las instalaciones que durante años desarrollara la pareja de Christo Javacheff y Jeanne-Claude, quienes utilizando gigantescas envolturas de tela ponían en evidencia a lugares y construcciones (esconder para hacer aparecer), los cultores del yarn bombing se valen de distintas técnicas de tejido para decorar o envolver temporalmente elementos de la ciudad, convirtiéndolos en extraordinarios dentro la uniformidad del paisaje urbano. A pesar de ser una forma de guerrilla art inocua, que no lastima la pieza intervenida, no por eso el yarn bombing carece de discurso político o social. Finalmente es una forma de subversión urbana que altera el orden establecido. Con humor, con imaginación, que nunca están de más en la ciudad.

Las integrantes de un taller de tejido en Coyoacán cuando hablan de tejido social saben de lo que están hablando, y por eso visten un arbolito que queda frente al pequeño taller de Avenida México. Seguramente algún ecologista levanta la voz, que la bufanda de colores estrangula al arbolito, que lo pone en peligro de sufrir el ataque de hongos. No sé qué tan cierta es la amenaza. A mí la intervención me gusta, me saca una sonrisa gratuita, y eso no es poco en ciudades que hace rato se gozan poco y se padecen mucho.

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Yarn bombing en calle Lavapiés de Madrid. Imagen: Álvaro León, Wikimedia Commons

[1] Digamos que el término también lo ocupan algunas personas e instituciones relativamente serias o respetables. En su página web, Hábitat para la Humanidad señala que “el tejido social lo conforma un grupo de personas que se unen para satisfacer necesidades humanas elementales o superiores, como son: alimento, salud, educación seguridad social, cultura, deporte, servicios públicos, transporte y todo lo que represente mejor calidad de vida.”

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