Serpientes de lona

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Los resultados del cuarto trimestre de 2016 de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) indican que la Población Económicamente Activa de México alcanza los 54 millones de personas. De éstas, el 57% (29.8 millones, algo así como la población de Venezuela o Perú) trabaja en el sector informal.

Cada vez que aparezca un autodenominado presidente del empleo recuerde esta cifra: 57%.

El concepto “empleo informal” abarca una amplia gama de actividades, que incluyen micronegocios no registrados (lo que típicamente se conoce como sector informal, que alcanza el 47.5% del total), el trabajo no protegido en actividades agropecuarias (20.7%), el servicio doméstico remunerado en hogares (7.8%), y el trabajo que se realiza para unidades económicas formalmente establecidas pero sin contar con un registro ante la seguridad social (24%). Toda esta información provista por INEGI se puede consultar aquí.

En la Ciudad de México los porcentajes son ligeramente inferiores a los del resto del país: “tan solo” el 48.3% de la PEA se encuentra en situación de informalidad laboral. A su vez, los que trabajan en el denominado sector informal (microempresas no registradas) llegan al 27.6% del total de la PEA. No todos trabajan en la calle, pero muchos sí lo hacen. En este punto las cifras entran en una densa nebulosa: De acuerdo a datos de la Subsecretaría de Programas Delegacionales y Reordenamiento de la Vía Pública de la Secretaría de Gobierno, en el año 2015 había un registro de 105 mil comerciantes en las calles de la ciudad (todo un estadio Azteca). De ellos, el 65% trabajaba de manera independiente, mientras el restante 35% se encontraba afiliado a una de las 745 organizaciones registradas a esa fecha. Sin embargo, se sabe que el número es mucho mayor, ya que hay un número indeterminado de personas que laboran en la calle sin que exista nada parecido a un registro de su existencia.

A no engañarse: el sector informal tiene sus protocolos y sus propias leyes; que no estén escritas es otro cuento. La informalidad no quiere decir que los comerciantes no estén establecidos; en muchos casos el rótulo de ambulante sencillamente no aplica. Tampoco es cosa de llegar e instalarse en una calle a vender un producto. Detrás de cada pequeño comerciante hay una serie de intermediarios que son los que distribuyen el espacio, articulan el negocio, y aceitan la máquina político administrativa que permite realizar sin mayores inconvenientes lo que en el papel es ilegal. De acuerdo a un reportaje de UnoTV de febrero de 2017, un espacio de 1.20 x 1.40 metros en el pavimento del centro histórico de la Ciudad de México se vende entre 20 mil y 150 mil pesos. A ello hay que sumar una módica cooperación de entre 50 y 200 pesos diarios para costear seguridad y limpieza de la calle, y de paso alimentar la caja chica para financiar toda clase de imprevistos.

El comercio callejero es parte de las ciudades de México, y lo será por un buen tiempo. Es una necesidad, tanto para los que venden (que no encuentran mayor atractivo en los bajos sueldos que ofrece el mercado formal, o enfrentan muchas barreras o no tienen el capital necesario para instalar un negocio con todas las de la ley), como para los que compran, que consiguen en las calles productos más baratos que en los locales establecidos. La ocupación de la vía con fines comerciales, aunque trae aparejada una serie de problemas, como suciedad, ruido, malos olores, e interrupción de la malla vial, no es mala per se. Bien manejadas, estas verdaderas serpientes de lona pueden constituirse en algunos de los espacios más atractivos de la ciudad, lugares en que el intercambio no sólo es comercial, sino además social y cultural, lugares a los que vamos a pasear por el gusto de pasear, por el gusto de hacer una compra no planificada, o de aventurarnos comiendo lo que no estaba en nuestro libreto culinario.

La serpiente de lona repta por el pavimento de la ciudad, se cuela entre los edificios, desaparece en la noche y vuelve a aparecer, a veces en un lugar distinto, con las primeras luces del día. Su flexibilidad, la rapidez y facilidad con que se adapta a cualquier clase de ambiente, le garantizan una larga vida.

*Todas las imágenes provienen de Google Earth. La mayoría corresponden a la toma del 28 de diciembre de 2009, que es la que mejor muestra todo el colorido de la quinta fachada de la Ciudad de México.

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