El transporte público puede ser malo, pero jamás mejorará favoreciendo al privado

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En la imagen cuento 38 automóviles viajando de oriente a poniente por el Paseo de la Reforma, que de paseo por esos lados tiene poco. Son las 2 de la tarde, no es hora punta (a los chilenos nos provoca algo de incomodidad hablar de hora pico), y el tráfico es, por decir lo menos, pesado, casi a vuelta de rueda. La velocidad no es superior a los 10 kilómetros por hora, inferior a la del intrépido ciclista que se cuela en el río motorizado, quien va más rápido pero arriesgando el pellejo en un entorno donde el pedaleo es cosa de avezados.

En medio de los 38 automóviles se advierte la presencia de un microbús. Con toda seguridad es el que va más lento de todos. Va lento porque tiene que hacer paradas continuas para recoger y dejar pasajeros, paradas particularmente continuas en el modelo escasamente regulado en que se desenvuelven las rutas tradicionales de microbuses en la Ciudad de México, donde los ingresos del operador dependen directamente del número de pasajeros transportados. Va muy lento porque generalmente circula por la derecha, en un carril compartido donde es común encontrar otros vehículos estacionados, que circulan lento, o que están esperando su turno para girar a la derecha. Va lento porque no goza de ni una clase de privilegios a la hora de circular, a pesar de que es por lejos el más eficiente de los modelos motorizados de la foto, al menos a la hora de comparar las superficies de pavimento requeridas para mover gente.

El promedio de ocupantes por automóvil en la Ciudad de México anda alrededor de los 1.5 usuarios por vehículo. Si tomamos este estándar, en la imagen hay 57 personas que se desplazan en un automóvil particular. A simple vista, el microbús es un Boxer cuya capacidad usualmente anda entre los 37 y 41 pasajeros sentados, a los que se puede sumar una cantidad más o menos similar de pie. En otras palabras, todos los pasajeros de los autos de la foto caben perfectamente en el solitario microbús, que ocupa algo así como el 5% de la superficie que los coches particulares necesitan. Al bus le basta una pista para desplazar la misma cantidad de gente que se mueve -lento- en cuatro carriles de autos. Si posee una tecnología (digamos Euro III para arriba) y es objeto de buen mantenimiento, sus emisiones de gases contaminantes y de efecto invernadero son mucho menores que las del conjunto de 38 autos. Si no me cree, cuente, haga sus propios cálculos y me avisa si llega a resultados distintos. Por mientras, sólo dejo dos preguntas: ¿Quién ocasiona la congestión? ¿La circulación de quién debemos privilegiar?

“Es que el transporte público es muy malo, es que es muy inseguro, lento e incómodo”. “Si fuera bueno lo usaría.” Siempre salen este tipo de argumentos, válidos, muchas veces ciertos, pero que nos pueden llevar a respuestas equivocadas. Sí, el transporte público puede ser malo, pero jamás va a mejorar favoreciendo al privado.

Palabras al cierre

Al solitario ciclista le basta una franja de 1.5 metros para circular rápido y seguro. Si esa ciclovía se construye, con toda seguridad el ciclista abandona su soledad

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