Erratas en el pavimento (¡los detalles, huevón, los detalles!)

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Imagen: Rodrigo Díaz

Están los escritores que aborrecen las erratas, aquellos que mandan retirar del mercado y quemar ediciones enteras (y al revisor junto con ellas) al ser sorprendidos por una letra, una palabra, que alteran la pureza del texto, o cuya intromisión causa un ruido insoportable en el viaje sin baches que a sus ojos toda buena lectura debe suponer.

También están los escritores que aman las erratas, o que al menos las ven con cariño, porque en ellas ven la acción de un duende o un pequeño diablo que mete la cola para regalar una nueva e inesperada interpretación al texto. Dos lecturas por el precio de una, God shave the Queen!

La gracia de toda buena errata es que no es intencional. Como los antiguos punteros izquierdos, sencillamente se cuela aprovechando un instante de distracción en el catenaccio[1] de los revisores. En la arquitectura las erratas se dan por la incorrecta o poco pulcra interpretación de las instrucciones plasmadas en los planos, o por la acción de un tercero (la compañía de la luz o del cable, por ejemplo), que no entiende el orden establecido por el arquitecto y lo quiebra sin querer queriendo. La errata está en el peldaño que mide un centímetro menos (y que genera un centímetro más en el siguiente), en el detalle ligeramente chueco, en el tornillo diferente, en el cerámico de un tono ligeramente distinto al de los demás. Detrás de ellas se agazapa la falta de preparación de un albañil, la escasa pulcritud de un carpintero, la desconcentración de un estucador, o la displicencia o falta de personalidad de un inspector.

Los arquitectos odian las erratas. Si respetan su trabajo (o el cliente los respeta a ellos), son capaces de ordenar demoliciones enteras con tal de que exista total congruencia entre lo dibujado y lo construido. Son personas sensibles.

Y es que de nada sirve el esfuerzo de cubrir la tapa de las cámaras de registro con la misma trama del pavimento si a la primera inspección los funcionarios de la compañía telefónica olvidan que, al cerrar la tapa, ésta debe ir en un ángulo preciso, que si no se pierde toda la continuidad del decorado de la acera. Como el círculo de fierro pesa una tonelada y es bastante difícil de maniobrar, queda como queda, que en una de esas otro funcionario de otra compañía finalmente lo pondrá en su justo lugar. Como buena errata, al atento peatón probablemente le sacará una sonrisa, mientras al arquitecto que diseñó el pavimento, que además sufre de TOC, le saldrán unas buenas canas verdes (¡los detalles, huevón, los detalles!)

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Imagen: Rodrigo Díaz

¿Alguien le comunicó a Teo Fernández, un arquitecto caracterizado por la pulcritud en los detalles de sus obras, que la incorrecta colocación de tres palmetas alteró el patrón uniforme de los pavimentos del Parque Bicentenario? Un kilómetro y medio de espacio público es una distancia medianamente razonable para meter la pata, son tres palmetas entre miles, pero resultan suficientes para que la construcción no alcance la perfección. Ahora bien, dadas las circunstancias de este caso, salta la duda de si se está en presencia de una errata propiamente tal o si lo que hay detrás es un acto plenamente deliberado. Veamos.

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Pavimentos en Parque Bicentenario, Vitacura. Imagen: Rodrigo Díaz

El diseño de los pavimentos de marras recuerda al calçadao de Copacabana, con la diferencia que la obra de Burle Marx está conformada por pequeños mosaicos, mientras la de Fernández y equipo nace de la combinación de dos tipo de baldosas, una en positivo y otra en negativo, cada una con un diseño de un cuarto de circunferencia, que dispuestas en series alternadas logran conformar el discreto efecto de ondas a lo largo del parque de Vitacura. ¿Se trata realmente de erratas? En estricto rigor, probablemente no, ya que, como se dijo con anterioridad, la errata no es intencionada, y en este caso cuesta pensar que el instalador no se haya dado cuenta que había algo mal en la posición de las palmetas de marras. Era muy fácil hacer las cosas bien, o repararlas en caso de error. Aventuremos entonces otras explicaciones:

a) El maestro instalador tenía cuentas pendientes con el jefe de obra, con el ingeniero a cargo, o con el inspector técnico, por lo que decidió tomarse una pequeña revancha en un detalle que probablemente pasaría colado entre tantos metros cuadrados a revisar.

b) El maestro instalador actuó por órdenes de un superior, quien a su vez tenía cuentas pendientes con los arquitectos.

c) El maestro instalador, o quien le dio órdenes, andaba con ganas de divertirse un rato y dejar un legado para la posteridad, cosa de decir “ese fui yo” a sus nietos en unos cuarenta años más.

No podemos descartar la intencionalidad por parte de los mismos arquitectos

d) Que como Miguel Ángel agarraron a martillazos su obra

e) Que quisieron proponer un juego al peatón atento (“descubra los tres errores”) y así otorgar un carácter lúdico a lo que bajo circunstancias normales sería una caminata sin mayores sorpresas.

f) Que dispusieron esas piezas giradas para ser observadas desde las alturas, donde se puede apreciar una segunda lectura a las ondas en el piso.

Finalmente, no hay que descartar que

g) Efectivamente sea una errata, que el maestro instalador no se dio cuenta, tampoco el jefe de obra ni el inspector técnico ni los arquitectos, y que después de estas líneas va a llegar una cuadrilla de empleados municipales a subsanar la incorrección y así evitarle un soponcio a Teo Fernández.

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Pavimentos en Parque Bicentenario, Vitacura. Imagen: Rodrigo Díaz

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Pavimentos en Parque Bicentenario, Vitacura. Imagen: Rodrigo Díaz

[1] Para los que no dominan el vocabulario futbolístico: el catenaccio es un sistema de juego popularizado por los italianos en la década del 60, quienes pusieron un líbero detrás de la línea de cuatro defensas, creando un cerco prácticamente impenetrable para las ofensivas rivales. Más que de ganar, se trataba de no perder, filosofía perfectamente aplicable a todos los ámbitos de la vida.

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