Soledad a todo color (una calle es + que una circulación)

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Calle principal de fraccionamiento en Temixco, Morelos. Imagen: Rodrigo Díaz

Pongámosle color y así la cosa se ve entretenida. Colores cálidos, alegres, capaces de crear toda una experiencia urbana por sí mismos. Amarillo y naranja en tandas de tres en tres, que eso hace ritmo, y entre medio unos paños con bloques de cemento a la vista, algo así como un toque de Tadao Ando pero sin tanta solemnidad. Ambiente hípster en versión Infonavit, un balance muy medido. No quedó espacio para poner arbolitos ni bancas, pero con la maleza chic que sale entre el pavimento es más que suficiente en un entorno que finalmente tiende al minimalismo formal (Tadao una vez más). Mientras no lleguen ambulantes todo bien.

Y sí. La privatización del espacio público permitió que el ámbito de lo público quedara reducido a todo aquello que sobra de lo privado. Finalmente el desarrollador inmobiliario vende a familias individuales que aspiran a satisfacer deseos individuales, no ideales colectivos, y como la ciudad le permite diseñar calles a su antojo, entonces las vías públicas se plantean como meras alimentadoras de espacios privados cerrados. El esquema es simple: una vía troncal, bien ancha, que da a una serie de calles ciegas de tránsito restringido. En el mundo de las ciudades en 3D –distantes, dispersas, desconectadas- la calle estructural no es la gran avenida de todos, sino la cerrada de los pocos que tienen la contraseña para acceder a ella. Abundan las rejas, los controles, las, cámaras y detectores. El barrio diseñado a la medida de la General Motors en que el vecino se llama condómino, la plaza es un estacionamiento, el centro comunitario es un mall, y el contacto con el otro se reduce al buenos días al portero que maneja la pluma y al que tipo pálido que cobra en el drive thru del McDonald’s. Para entrar, los afuerinos deben identificarse, portar una credencial y vestir su debido uniforme, ya sea de personal doméstico, de la limpieza, de seguridad, para así evitar incómodas confusiones con la población residente. El fraccionamiento, fragmento de ciudad ajeno a la ciudad que lo contiene, nunca tuvo mejor puesto el nombre.

No todo puede ser perfecto. El problema insoluble de los barrios cerrados es que al otro lado del interior siempre hay un exterior, y en ese exterior la presencia humana todavía no ha podido ser borrada. Por allí transita el personal de servicio, los que aún no tienen acceso a un automóvil para moverse, los que sencillamente pasan para dirigirse a otro lado. Pasan por ahí cuando no pueden evitarlo. Poco, pero pasan en esta mal llamada calle que invita a cualquier cosa menos a pasearse en ella.

Es una calle sin vida, ciega que no ve porque las ventanas son los ojos de la calle, y por muchos colores que pongamos en los muros, difícilmente podrán reemplazar el contacto humano que supone un vano en un muro como en el panóptico de Jeremy Bentham, la sola existencia de una ventana brinda una vigilancia pasiva a quienes transitan por el exterior. Pero a diferencia del panóptico, estructura inmóvil de la represión que actúa por presencia, las transparencias en el muro de la calle nos protegen. Nos sentimos más seguros cuando caminamos en una calle rica en puertas y ventanas. No importa si detrás del vidrio sólo hay una habitación vacía; es la posibilidad de alguien al otro lado la que nos acompaña. Es ese vidrio el que también nos permite apropiarnos del exterior.

En un taller de diseño participativo realizado con pobladoras de asentamientos irregulares en Santiago, muchas de ellas madres solteras, la primera indicación de las participantes fue que sus viviendas contaran con una cocina con vista a la calle. La razón: en la cocina ellas pasan muchas horas del día, y si hay una ventana al exterior es posible vigilar a los niños que juegan afuera. La ventana expande el ámbito social de esos niños: sin la vigilancia pasiva que ella brinda, probablemente tendrían que quedarse por largas horas viendo la tele en los escasos metros cuadrados de la vivienda que habitan. Crime prevention through environmental design (CPTED) que le llaman los gringos.

Con muros ciegos la calle deja de ser calle para quedar reducida a simple circulación. Sin ventanas la calle se muere, y no hay colores que la revivan.

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