Planificar sin querer queriendo: de corredor de buses a espacio público

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Bulevar Avenida Colombia, Cali. A la izquierda el andador peatonal original, a la derecha el corredor de buses sin buses, abajo un túnel vehicular. Imagen: Rodrigo Díaz

En un viaje de dos días escucho dos versiones de la historia, ambas contadas por funcionarios públicos locales. La primera dice que el transporte público dejó de circular en el corredor debido a problemas de diseño, que dejaron como saldo un bus atorado en una curva de radio muy pronunciado. El incidente es verídico, ocurrió en agosto de 2013, y afectó al pretroncal P27D del sistema MÍO (Masivo Integrado de Occidente) de Cali. Aunque los cálculos de los ingenieros del proyecto indicaban que el radio de giro y ancho de la vía eran los adecuados, los porfiados hechos (Lenin a veces viaja en bus) habrían demostrado que la maniobra era extremadamente lenta y complicada, lo que afectaba la velocidad de operación y la integridad física de las costosas máquinas.

La segunda versión dice que la historia del bus atascado fue sólo un accidente aislado, que cualquier conductor medianamente preparado era capaz de tomar la curva sin aplausos de los pasajeros al final, y que si los buses dejaron de circular fue porque había vías alternas que funcionaban igual o mejor. Leo en Wikipedia que el tránsito de buses en el corredor se suspendió en la navidad de 2013, 7 meses después de su inauguración (es decir, que fueron más los buses que pasaron que los que se atascaron), como una manera de facilitar la circulación de las miles de personas que andan por allí en las fiestas de fin de año. A pesar del diseño original y la inversión realizada, nunca más fue reabierto al transporte público.

Lo que suena como un desastre de manual en realidad no lo fue. El espacio involuntariamente dejado por el transporte público fue rápidamente regularizado como superficie peatonal, que se sumó a la del paseo adyacente en el Bulevar Avenida Colombia. El resultado: un espacio público que en la actualidad es todo un éxito, lleno de gente especialmente en la tarde noche, cuando es posible gozar una refrescante brisa, que ha visto renacer el comercio local y subir el valor de las propiedades vecinas. Parafraseando a Gómez Bolaños, planificar sin querer queriendo a veces funciona en ciudades como las latinoamericanas, donde el límite entre lo formal y lo informal, lo deseado y lo fortuito, es usualmente difuso, y lo accidental es un resultado perfectamente esperable en una disciplina, la planificación urbana, que en la región viste eternos pañales.

Seamos claros: en las ciudades el burro rara vez toca la flauta. Sería injusto atribuir el éxito del bulevar a la exclusiva acción de la fortuna. El proyecto obedece al deseo manifiesto de Cali de mejorar el espacio público y fomentar la caminata, el uso de la bicicleta y el transporte público en su zona céntrica. Para ello la ciudad soterró casi 800 metros de circulación vehicular, generando dos andadores en superficie, uno para peatones y otro para transporte masivo, en una apuesta de convivencia que ya había resultado bien, aunque en un entorno distinto, más amplio, en el eje Ambiental de la Avenida Jiménez de Bogotá. El corredor de transporte público no funcionó, pero la ampliación no planificada de la superficie peatonal transformó positivamente el espacio público originalmente proyectado, que de simple andador se transformó en un bulevar con todas las de la ley. Hoy no es sólo un espacio de paso, sino uno donde la gente realiza actividades estacionarias, en el que conviven distintas actividades de manera complementaria, sin molestarse. Un mobiliario simple pero efectivo, que fomenta la creación de pequeños grupos con un relativo grado de independencia de la circulación de personas, ayuda a romper y pausar el carácter longitudinal de un corredor que de paso conecta y da unidad al rico sistema de espacios públicos presentes en el centro de Cali. Aunque a principios de 2017 se anunció la reposición del servicio del MÍO, la fuerte oposición de gran parte de la ciudadanía dejó la intención en eso, al menos por el momento. Que no panda el cúnico, que una vez que la vía peatonal se consolidó, la presencia de los buses se consideró un estorbo, por muchos beneficios que en materia de movilidad esto último trajera consigo.

En el lugar todavía están los bolardos que demarcan el área de circulación de buses. También puede leerse en grandes letras “Parada MÍO”, aunque ya ni un recorrido pare por esos rumbos. Quizás es bueno que permanezcan, como recordatorio de que la planificación es buena hasta que la realidad demuestra lo contrario, y que un buen diseño siempre carga en su ADN un saludable grado de adaptación y flexibilidad. Cali inteligentemente lo aceptó. No contaban con su astucia.

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