Los excluidos de siempre

Discapacitados

Llega fin de año y un súbito interés en la discapacidad se apodera de nosotros. Figuras de televisión vestidas de púrpura con un chapulinesco corazón amarillo en el pecho nos recuerdan a cada instante que el mexicano es un pueblo solidario, y que por lo tanto no puede fallarle a aquellos niños ejemplares que nos sacan una lágrima de emoción al verlos aprender a realizar funciones que para el resto de la población son triviales, como caminar, escribir o comer. Sin embargo, y a pesar de la loable labor del Teletón, la verdad es que las personas con discapacidad siempre nos han importado poco y nada.

Es cosa de salir a la calle y ver el lastimero espectáculo producido por banquetas, puentes peatonales, estaciones de metro y edificios públicos, donde descubrimos sin mayor esfuerzo que las personas con discapacidad son ciudadanos de tercera clase en nuestra ciudad. Espacios públicos diseñados sin ningún criterio de accesibilidad hacen que la movilización de 250 mil personas en la capital sea una misión complicada, temeraria, y a ratos suicida, y ello porque las autoridades y técnicos que planearon nuestra ciudad sencillamente jamás tuvieron en cuenta la existencia de un importante porcentaje de la población que sufre de impedimentos físicos que requieren de un diseño urbano pensado especialmente para ellos. Aquí nadie se salva, porque en todas partes la situación es la misma. Las cifras hablan por sí solas: de los 632 puentes peatonales existentes en la ciudad, sólo 7 son universalmente accesibles, mientras que sólo 6 de las 175 estaciones de la red del Metro consideran el equipamiento necesario para el desplazamiento de personas con dificultad para moverse. La red de Metrobús parece ser la excepción, con estaciones y mobiliario bien diseñados, pero no en su totalidad, ya que todavía siguen existiendo paraderos cuyo acceso es imposible para aquella persona en silla de ruedas que no cuente con la ayuda de un tercero de corazón generoso.

A diferencia de otras situaciones, aquí el problema no pasa tanto por un asunto de escasez de recursos, sino por la carencia generalizada de un sentido de ciudad inclusiva que tiene una opción preferencial por aquellos que sufren de algún tipo de dificultad para realizar sus desplazamientos. Muchas veces las soluciones son económicas, rápidas y fáciles de realizar, pero en nuestras autoridades y planificadores ha primado la actitud del mínimo esfuerzo, repitiendo hasta el cansancio un concepto de ciudad que no necesita mayor análisis para saber que es claramente discriminatorio. Si a eso sumamos una ciudadanía que en gran parte tampoco es sensible hacia el tema de la discapacidad, que bloquea las banquetas y rampas con sus automóviles o locales comerciales, entonces no debe extrañar la sensación de rabia e impotencia que invade a gran parte de esta población.

No es el dinero, es la mentalidad

Quien escribe tuvo la suerte de vivir en la ciudad de Cambridge, Massachusetts, por espacio de dos años, un lugar que se caracteriza por su amabilidad hacia la población con discapacidad. Gran parte del éxito radica en periódicas reuniones que sostiene la asociación local de people with disabilities con las autoridades locales encargadas de la planeación urbana y la ejecución de obras públicas. Estas reuniones, abiertas a toda persona que desee participar en ellas, se caracterizan por el tratamiento específico de problemas concretos que afectan a la comunidad con discapacidad de Cambridge, la que obtiene no sólo respuestas, sino compromisos de la autoridad para hacer de la ciudad un lugar más amable y accesible para todos sus ciudadanos. Personalmente pude asistir a una de estas reuniones, y todavía tengo anotados los puntos tratados: limpieza de nieve en banquetas, habilitación de un elevador en una biblioteca pública, remodelación de un par de paraderos de buses que no permitían el fácil acceso de personas en sillas de ruedas, y reformulación de un proyecto vial que la asociación consideraba que no satisfacía sus requerimientos de desplazamiento. Todos estos planteamientos eran atentamente anotados por los funcionarios municipales, otorgando siempre una respuesta fundamentada que partía de la base de ponerse en los zapatos (o en la silla) del otro. Sin embargo, lo más importante es que los resultados concretos se podían ver al poco tiempo: efectivamente la mayoría de las banquetas estaban despejadas después de nevar, el par de paraderos fue remodelado, el proyecto vial fue mejorado, y el elevador en la biblioteca estaba en proceso de instalación. Por ello, no resulta extraño ver a cientos de personas con discapacidad de todo tipo desplazándose sin ayuda alguna por las calles de Cambridge, sabiendo que cada banqueta, cada esquina, cada autobús, y cada estación de metro estará esperándolo con un diseño especialmente pensado en sus necesidades. El resto de la población también hace su parte: los automovilistas son extremadamente respetuosos de los pasos de cebra y rampas peatonales, mientras los conductores del transporte público bajan y ayudan a acomodar a alguien si así lo necesita, sin que ni un pasajero reclame por la demora de tiempo.

Lo de Cambridge y otras ciudades del mundo demuestra que el crear una ciudad amable con todos no pasa por el gasto millonario de recursos sino por un cambio de actitud. La ciudad de México, que inocentemente pretende arreglar sus problemas a punta de nuevas leyes y multas, podría aprender un poco de las numerosas experiencias extranjeras exitosas en el tema de la planificación urbana y la discapacidad. Quizás alguna delegación podría tomar la iniciativa, implementando iniciativas piloto tendientes a generar un cambio en la mentalidad de sus habitantes. ¿Quién será el visionario que se atreva?

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