Elogio de la caminata, por Björk

Clay Cockrell, psicoterapeuta de Nueva York, ciudad donde los psicoterapeutas podrían tener un sexto barrio para ellos solos, realiza sus sesiones al aire libre. Caminando más bien. En lugares como Central Park o Battery Park, donde el cliente prefiera, que el lugar de la consulta es totalmente flexible. El método es más o menos el mismo que el de cualquier psicoterapia. Los honorarios también. Sólo cambia el entorno, lo que no es poco: el diván, el sillón de cuero, la alfombra persa y la biblioteca de utilería son reemplazados por el pavimento o la grava de la calle o parque que el paciente elija.

Caminar es mucho más que cubrir una distancia con los pies. Es también una de las más básicas herramientas para lograr lo que comúnmente llamamos despejar la mente. Caminar es un recurso gratuito, fácilmente accesible, casi siempre disponible, para volver a un mundo lento en que la mente puede hacer una conexión libre de interferencias con el cuerpo, y el cuerpo a su vez con el suelo que pisa y el entorno que le rodea. En un mundo obsesionado con aumentar la velocidad de desplazamiento de las personas y los bienes, de incrementar los volúmenes de traspaso de información instantánea, los cuatro kilómetros por hora de la caminata otorgan la lentitud necesaria para tomar conciencia del cuerpo y reformatear la cabeza. Al alcanzarse un ritmo y movimientos cómodos e inconscientes, la mente se ve liberada de una serie de obligaciones rutinarias pero que consumen espacio, con lo cual puede reposar o encontrar un campo más abierto para echar a andar las ideas o liberar los pensamientos y sentimientos que se agolpan en su interior. Aquí está la raíz del particular formato de las terapias a pie. ¿Quién sale adelante echado en un diván?, dice en su página web un campante Cockrell, quien ve en la caminata una buena manera de matar dos pájaros de un tiro: el ejercicio liviano de un paseo a pie no sólo facilita el contacto con sus pacientes; también ayuda a  mantenerlos en forma, a mejorar su estado de ánimo y a dar algo de entretención a sesiones que usualmente se arrastran cuando se realizan en ambientes cerrados.

Ejercicio N°1: Ir dejando progresivamente el Pristiq de 50 mg.

Una de las gracias de caminar es que no es necesario pagar una hora de honorarios del Dr. Cockrell para gozar sus beneficios físicos y mentales. Toda la larga parrafada anterior viene a cuento de una antigua entrevista a Björk, una de las mentes más innovadoras del mundo de la música en los últimos 30 años, quien siempre ha identificado a la caminata en solitario, en contacto con la naturaleza, como parte fundamental de su propio proceso creativo, y como un  mecanismo fácil y efectivo para mantener los pies en la tierra (“escribo en solitario, caminando, al aire libre”)[1]. Al estilo de Björk, claro. Tal como señaló a The Guardian en 2007, caminar es una actividad que viene de su niñez en un suburbio de su Reikiavik natal:

“Yo vivía al lado del último bloque de departamentos. Más allá todo era musgo y tundra. Yo solía caminar en solitario y cantar con toda la fuerza de mis pulmones. Creo que muchos islandeses hacen esto. No vamos a la iglesia o al psicoterapeuta; con solo caminar nos sentimos mejor.”

Ejercicio N°2: Caminar a todo pulmón.

No son pocos los artistas e intelectuales que recurren a la caminata como un ejercicio necesario de preparación y mantenimiento para el proceso creativo. La finalidad no es pensar o forzar la llegada de ideas inspiradoras, sino preparar el terreno para que éstas encuentren suelo fértil al momento de sentarse a escribir, componer, diseñar o proyectar. Este necesario quiebre con una sociedad híper-comunicada, sobre-conectada, es lo que expresa Björk en una reciente entrevista para Pitchfork:

“Puedes estar pegada en Facebook por un largo rato, y entonces tienes una sensación en tu cuerpo como si hubieras comido tres hamburguesas. Sabes que eso es basura. Por eso siempre aconsejo a mis amigos: simplemente salgan a caminar por una hora, luego vuelvan y vean cómo se sienten.”

Ejercicio N°3: Salir a caminar sin celular. Si éste se encuentra con uno, dejarlo en modo silencio, aguantarnos las ganas de mirarlo. Primero 10 minutos, luego 15, después una hora. Se puede, generalmente nadie muere en el intento.

Estoy pegado. Salgo a dar una vuelta, como hago frecuentemente cuando estoy pegado. Caminar no hace milagros, tampoco reemplaza la psicoterapia para quien la necesita, pero ayuda a que un par de ideas en conflicto se desenreden, que otra innecesaria sea enterrada rápidamente, y que aparezca una tercera que necesita de su propia caminata para darle su oportunidad. Vuelvo y escucho lo poco que hay de Björk en Spotify. Nunca me ha  gustado demasiado, pero es el momento de escucharla con nuevos oídos. Oídos caminados.

[1] Todas las traducciones del original en inglés son del autor de este blog.

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