5 razones para terminar con la locura de la megaobra

Tannenberg

Foto: Tannenberg

De un tiempo a esta parte nuestras autoridades se han visto afectadas por un virus que no conoce de distinciones partidarias y que parece que va a tomar un tiempo para ser neutralizado por una vacuna eficaz. En efecto, la locura de la megaobra ha atacado por igual a servidores públicos panistas, priístas y perredistas, quienes no ven la hora de poder construir la obra de infraestructura más grande, la más espectacular en sus territorios, que al parecer esa es la única manera de trascender en la ciudad de hoy en día. No importa que su utilidad sea cuestionable o que sus efectos sean más dañinos que el problema que pretenden resolver, que lo que realmente vale es dejar un legado de millones de metros cúbicos de concreto con una plaquita de bronce estratégicamente colocada donde quede constancia que la mole fue construida durante el visionario mandato de Mengano González, un hombre que dejó huella por donde pasó.

No hay que culparlos, su actitud es absolutamente entendible. Después de todo, las grandes obras públicas tienen la visibilidad que otro tipo de programas laborales, educacionales, ambientales o de salud no poseen, así que es perfectamente comprensible que una autoridad política las prefiera, especialmente si pretende seguir una larga carrera en el servicio público. Por lo demás, México no es el único país en el cual la clase política promueve este tipo de proyectos, si mal que mal el modelo no fue desarrollado acá, sino en Estados Unidos, donde vialidades como el segundo piso del Periférico hubieran causado la envidia de los planificadores urbanos…pero de los de hace 50 años, quienes inventaron todas las autopistas urbanas que lentamente se comienzan a demoler en el país del norte.

Para los que aún no se convencen

Reconociendo que en la ciudad hay muchas obras que realizar para mejorar un tráfico que es caótico durante la mayor parte del día, en este espacio siempre me he manifestado en contra de la construcción de aquellas megaobras, como el segundo piso del Periférico, cuyo impacto es a todas luces perjudicial para la ciudad. ¿Por qué? Aquí van 5 razones:

1)      Fomentan la compra de más automóviles. Sólo en el Distrito Federal hay más de tres millones de coches circulando, y cada año se suman unos 250 mil más, lo que ha producido un notorio aumento en la congestión vehicular a toda hora del día. Sin embargo, y a pesar de haber consenso en el sentido que se debe desincentivar el uso del automóvil en la ciudad, se siguen construyendo grandes soluciones viales que transmiten un mensaje en sentido contrario a la población. Lo que se lee detrás de obras como el segundo piso del Periférico es algo así como “no se preocupe, compre su coche nuevo, que para eso están sus autoridades para construirle más vialidad si la que existe ya no alcanza”.

2)      No solucionan los problemas de congestión, sólo los trasladan. Si bien es cierto las autopistas urbanas pueden generar mayores velocidades de desplazamiento en algunas partes, el ahorro de tiempo desaparece cuando se tiene que salir de ellas, puesto que es muy común que se produzcan embotellamientos gigantescos precisamente en los puntos donde se encuentran las nuevas vías expresas con las calles anteriormente existentes, de tráfico más lento. Por otro lado, la experiencia internacional demuestra que estas megaobras generalmente tienen una rápida obsolescencia, puesto que a los pocos años de su puesta en marcha quedan colapsadas por un tráfico que en ningún caso disminuye. En el caso local, no hay que ser experto para notar que los ritmos de multiplicación del parque vehicular siempre han sido más rápidos que los ritmos de crecimiento de la infraestructura vial, que tarde o temprano llega a un punto donde sencillamente no puede seguir expandiéndose. ¿Qué se va a hacer cuando se sature el segundo piso del Periférico? ¿Construir un tercero y un cuarto?

3)      Más que unir, segregan. Las megaobras en la práctica son verdaderas heridas que surcan la ciudad, dividiendo a las áreas que están a uno y otro lado de ellas. Con ellas aparecen los puentes peatonales, los pasos bajo nivel, las rejas y una serie de elementos que dificultan el tránsito de los peatones, especialmente de aquellos que sufren de alguna discapacidad.

4)      Postergan el mejoramiento del transporte público. Estas obras no son baratas, por lo que el destinar recursos a ellas siempre significará que no se harán inversiones destinadas a mejorar el transporte público, cuyo impacto en la movilidad de la ciudad es mucho mayor, al igual que su rentabilidad social. Sólo para poner un ejemplo, con los dineros utilizados en la construcción del segundo piso del Periférico se pudieron haber implementado diez líneas de Metrobús o dos líneas de Metro como la futura línea 12.

5)      Son un atentado paisajístico. Tal como se dijo anteriormente, las autopistas urbanas son grietas que dividen a la ciudad, creando barreras que rompen el paisaje o lisa y llanamente lo obstruyen, como le ha pasado a muchos que de la noche a la mañana tuvieron que acostumbrarse a ver una bandeja de hormigón a pocos metros de sus ventanas. Por otro lado, las soluciones elevadas generan extensas áreas de sombra y oscuridad que son frecuentemente usadas como improvisado baño público o escondite de asaltantes, vagabundos y prostitutas.

La ciudad del siglo XXI no puede seguir repitiendo los errores cometidos cincuenta años atrás. Muchos países desarrollados han comenzado a entender esto, y lejos de construir más autopistas urbanas destruyen las existentes y las reemplazan por soluciones más sustentables, como el mejoramiento del transporte público y la construcción de ciclopistas. Echar un vistazo de vez en cuando a lo que se está haciendo en el resto del planeta no nos haría nada de mal.

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